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sábado, 30 de junio de 2012

Marguerite Yourcenar: Cuentos orientales

La poesía impregna del todo esa pequeña colección de cuentos. Al leer el primero, "Cómo se salvó Wang Fô",  me sentí sobrecogida por la impresión que causa la belleza, impresión que no me abandonó en los restantes. ¿Por qué me impresionaron tanto? Eso es lo que trataré de explicar. Se trata de una obra muy breve, en total, 160 páginas más un Post Scriptum de la autora. Los relatos son muy cortos, pero constituyen una pequeña joya literaria,  una pieza que puede ser un auténtico disfrute para los lectores.

Cuentos orientales se publicó por primera vez  en 1938 en la editorial Gallimard. Los diez relatos que componen esta obra  fueron creados entre 1928 y 1937, excepto "La muerte de Marko Kralievitch", que es de 1978. Aparecieron en diversas publicaciones en 1937 y finalmente  quedaron recopilados  bajo el título de Cuentos orientales. En 1963 se publicó una edición revisada.

Las fuentes de inspiración de la autora fueron, según nos aclara en el breve texto que sigue a los cuentos, algunas lecturas y la fascinación que sintió al descubrir el Oriente. Oriente es para Marguerite Yourcenar un  concepto amplio. Abarca desde el Japón, donde transcurre "El último amor del príncipe Genghi", China, India, hasta los Balcanes, marcados por la huella del Islam por haber formado parte del Imperio Otomano, pasando también por Grecia. En "La tristeza de Cornelius Berg", Oriente es tan solo una alusión a los viajes del protagonista.

El resultado de dicha inspiración fueron algunas recreaciones totalmente libres de diversas fábulas y leyendas auténticas, -"Como se salvó Wang Fô"-, de algunas baladas balcánicas medievales -"La sonrisa de Marko", y  "La leche de la muerte" -, y del mito hindú de la diosa Kali en "Kali decapitada". A ello se suman algunos sucesos o supersticiones de la Grecia de los primeros treinta años del siglo XX, que dieron lugar a "El hombre que amó a las Nereidas" y  a "La viuda Afrodisia". La inspiración que se derivó de la lectura de la novela japonesa del siglo XI, Genghi Monogatari, de Murasaki Shikibu, se refleja en "El último amor del príncipe Genghi". Se añade una libre creación de la autora, "Nuestra Señora de las Golondrinas" y un relato escrito en 1978, "La muerte de Marko Kralievitch", basada también en una leyenda balcánica. En cuanto al cuento que cierra el libro, "La tristeza de Cornelius Berg", la escritora nos dice que no tiene nada de oriental.

En algunas historias la autora sigue el esquema narrativo y retórico del cuento maravilloso, pues no otra cosa son el protagonizado por Wang Fô, "La leche de la muerte" y "Nuestra Señora de las Golondrinas". En otros, como "El hombre que amó a las Nereidas", el mito clásico se funde con las leyendas y las supersticiones populares que llegan hasta nuestros días. En todos, en mi opinión, nos hallamos ante unos temas y argumentos que no se agotan en sí mismos, pues  contienen un sentido moral, que no moralizante. Hay personajes como Afrodisia, o la joven madre de "La leche de la muerte" o la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen que ponen de relieve el contraste entre la extrema generosidad y el cruel e inhumano egoísmo. Esas mujeres perecen en su entrega, pero se salvan en su sacrificio. La entrega y el amor no hallan un feliz término en esta vida por la crueldad o la inconsciencia de los otros. Las salva la belleza moral de su gesto. Son personajes que eligen su destino sin dudar y perecen en él. Su salvación no es posible en este mundo, pues tienen como guía unos valores que los demás no comparten y ni comprenderían siquiera.

En este sentido, la historia de Wang Fô y su discípulo Ling que abre la serie de cuentos viene a ser el relato que marca la pauta temática del conjunto: la Belleza se manifiesta solo a quien sabe apreciarla, al que posee la elevación de espíritu que concede el don de ver lo bello entre lo vulgar.

Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas. […]

 Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía, sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. […]Entonces, comprendiendo que Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.”

 A veces lo bello pertenecerá al ámbito del mundo natural, como en "El hombre que amó las a las Nereidas" o "Nuestra Señora de las Golondrinas", otras, a la dimensión moral que guía la vida de ciertas personas. En cualquier caso, esos breves relatos, condensados y rotundos como un intenso poema, nos proponen una reflexión sobre el destino humano.


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