Pronto
tendremos aquí el calor de verdad, y entonces es más apetecible que nunca una
sopa fría, refescante, en la que dulce y salado se potencian mutuamente. A mí
me encantan estos contrastes y el ajoblanco, desde que lo probé, es uno de mis
platos preferidos en cuanto empieza el calor.
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Foto de diariosur.es |
El
poema de Alfonso Canales (Málaga, 1923-2010), titulado El ajoblanco, nos da la
receta con todos los ingredientes y el procedimiento bien claro.
EL AJOBLANCO
Pon veinte almendras
mondadas
Y cuatro dientes de ajo,
Añádele el agasao
De unas migas asentadas
De pan de hogaza,
empapadas
En agua clara. Mas
luego,
Entrégate al dulce
juego
De majar, lubrificando
Con óleo virgen. Y
cuando
Encuentre la pasta
apego,
Pon sal y agua de
alcazarra
Y pon vinagre de vino,
Batiendo hasta hacer un
fino
Licor que todo lo
enlaza.
Al producto dale plaza
En cuenco, a mesa y
mantel
-éste de lino, y aquél
de fino barro o madera-
Después añada el que
quiera
Dulce uva moscatel.
Lo
mismo hace Pablo Neruda en su famosa Oda al caldillo de congrio. De la
concisión de Alfonso Canales pasamos a las metáforas y a las hipérboles que
insinúan sabores y texturas excelsos.
ODA AL CALDILLO DE CONGRIO
EN el mar
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.
tormentoso
de Chile
vive el rosado congrio,
gigante anguila
de nevada carne.
Y en las ollas
chilenas,
en la costa,
nació el caldillo
grávido y suculento,
provechoso.
Lleven a la cocina
el congrio desollado,
su piel manchada cede
como un guante
y al descubierto queda
entonces
el racimo del mar,
el congrio tierno
reluce
ya desnudo,
preparado
para nuestro apetito.
Ahora
recoges
ajos,
acaricia primero
ese marfil
precioso,
huele
su fragancia iracunda,
entonces
deja el ajo picado
caer con la cebolla
y el tomate
hasta que la cebolla
tenga color de oro.
Mientras tanto
se cuecen
con el vapor
los regios
camarones marinos
y cuando ya llegaron
a su punto,
cuando cuajó el sabor
en una salsa
formada por el jugo
del océano
y por el agua clara
que desprendió la luz de la cebolla,
entonces
que entre el congrio
y se sumerja en gloria,
que en la olla
se aceite,
se contraiga y se impregne.
Ya sólo es necesario
dejar en el manjar
caer la crema
como una rosa espesa,
y al fuego
lentamente
entregar el tesoro
hasta que en el caldillo
se calienten
las esencias de Chile,
y a la mesa
lleguen recién casados
los sabores
del mar y de la tierra
para que en ese plato
tú conozcas el cielo.
Ambas
recetas, de estilos diferentes, son
igual de apetitosas y atractivas. Es como para animarse a probar de preparar
estos platos y sorprender a la familia y a los amigos con delicias tan
poéticas.
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