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sábado, 10 de noviembre de 2012

Literatura comparada: Giacomo Leopardi y Gustavo A. Bécquer



Cada uno es hijo de su tiempo. Los artistas y los  escritores son quizá los seres más sensibles al clima que se respira en cada momento histórico. Son como espejos que reflejan todo un mundo. Esto que llamamos tendencias  y movimientos literarios, estas etiquetas con que clasificamos el vivir humano entre unas fechas más o menos concretas, es siempre algo a posteriori. Cuando todo ha pasado, se observa, se lee, se estudia  y se somete a un proceso de abstracción del que resulta una caracterización de los períodos artísticos o literarios.

El Romanticismo, este movimiento que ha sido seguramente uno de los más influyentes en la cultura occidental y cuyo eco nos sigue alcanzando aún, cuenta con escritores y artistas que se caracterizaron por ser personas inquietas,  que vivieron siempre buscando otra cosa distinta de lo que les había tocado vivir, algo muchas veces inefable,  incomunicable, si no era a través de la expresión artística. Ciertos poemas y pinturas de la época romántica, obras como las de Giacomo Leopardi o Bécquer en el ámbito literario y las de Caspar David Friedrich  en el artístico, expresan un profundo sentimiento ante la experiencia trascendente de la fusión  con la naturaleza. 

C.D Friedrich, Monje junto al mar
En los inicios del movimiento romántico empieza a producirse un trasvase de los poderes de la divinidad desde lo sagrado a lo profano. La naturaleza y el paisaje adquieren valor de símbolos de lo divino. El hombre romántico, en su búsqueda de trascendencia, encuentra en la experiencia de la contemplación del paisaje la vivencia de lo sagrado. La naturaleza será en el Romanticismo un importante motivo de inspiración por su condición de símbolo. Carl Gustav Carus, un discípulo del pintor alemán C.D. Friedrich (1774-1840), escribió lo siguiente, según cita de Robert Roseblum en su obra La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico, en una de sus cartas sobre el paisaje: 

“… Cuando el hombre, percibiendo la inmensa magnificencia de la naturaleza, nota su propia insignificancia y, sintiéndose a sí mismo en Dios, penetra en ese infinito y abandona su existencia individual, entonces su rendición es una ganancia más que una pérdida. Lo que de otra manera sólo ven los ojos del espíritu, aquí se hace casi literalmente visible: la unidad con el infinito del Universo…

El deseo de anegarse o de perderse en algo más grande que uno mismo, en la maravilla o en lo sobrecogedor que a veces puede contener la naturaleza, el deseo de trascendencia y la búsqueda de lo absoluto lo expresan en momentos distintos los poetas Giacomo Leopardi y Gustavo Adolfo Bécquer, pues aunque ambos pertenecen al movimiento romántico, por las fechas de nacimiento y muerte,  vemos que les separan muchos años. 

Giacomo Leopardi (1798- 1837), poeta italiano del Romanticismo, es autor de un breve poema titulado "El infinito", que transcribo a continuación, junto con el texto original en italiano. El infinito expresa la vivencia del poder sobrenatural y misterioso de la naturaleza y el deseo del poeta de  perderse en su inmensidad, como quien perece en un naufragio. Esa destrucción del yo no es sentida como algo negativo o trágico, sino muy dulce y agradable, tanto, que adquiere tintes de experiencia mística.



EL INFINITO
 Siempre caro me fue este collado
yermo y este seto, que de tanta parte
del último horizonte la vista excluye.
Mas sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y profundísima calma
en mi mente imagino;  tanto, que casi el
corazón se me estremece. Y si del viento
oigo el susurro entre estas plantas, yo aquel
infinito silencio y esta voz
voy comparando; y acuérdome de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y su sonido. Así, en esta
inmensidad mi pensamiento anega,
y el naufragar me es dulce en este océano.

 L’INFINITO
«Sempre caro mi fu quest'ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quïete
io nel pensier mi fingo, ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l'eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s'annega il pensier mio:
e il naufragar m'è dolce in questo mare»
(Giacomo Leopardi)

Gustvavo A. Bécquer (1836-1870), poeta español del Romanticismo tardío, cultiva en sus Rimas este mismo tema, al que incorpora un nuevo enfoque, pues detalla de forma más directa que Leopardi esa experiencia de lo sobrenatural.  En la rima VIII el poeta expresa su deseo de disolverse en la niebla y anegarse en la luz de las estrellas, afán que en él aparece unido a la conciencia de llevar algo divino en su interior. Desde este punto de vista, la divinidad se hallaría en todo cuanto compone el Universo: el ser humano disuelto en el Cosmos con la sensación de llevar en si algo de la naturaleza divina.


¡Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto;
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho!

Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego;
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.

En el mar en la duda en que bogo
ni aún sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.

En ambos poemas se borran las fronteras entre lo natural y lo sobrenatural, entre el yo y la naturaleza.

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