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jueves, 23 de enero de 2014

Varios autores: Cinco miradas sobre la novela histórica

Confieso que la novela histórica no es el género que más conozco, puesto que lo he leído poco. Supongo que en el fondo siempre he sentido la desconfianza acerca de lo que es histórico y lo que es ficción o pura fantasía. El conocedor de la Historia sabe siempre cuando le están dando gato por liebre, el lego en la materia no. Me refiero con esto a que hay novelas clasificadas como históricas, cuando no son tales, sino relatos en los que el autor trata libremente el trasfondo histórico para tejer su ficción novelesca, sin que ello reste verdad poética a estas obras, pero que se salen de los márgenes de la realidad de los hechos del pasado. El lector que desconoce la historia, o bien debe documentarse un poco de antemano, lo cual ocurre raras veces, o bien debe confiar en la clasificación de la obra ofrecida por la editorial generalmente en las cubiertas del libro.

Ante tanta proliferación de novelas de este género y las dudas que he sentido acerca de su historicidad, en muchas ocasiones he renunciado a leer bastantes de ellas. Así que el hallazgo de Cinco miradas sobre la novela histórica, de varios autores, entre los cuales están Carlos García Gual y  Gisbert Haef, me permitió documentarme un poco acerca de los criterios que permiten clasificar una  novela como histórica.

Cinco miradas sobre la novela histórica es un conjunto de cinco breves ensayos sobre este género lierario, cuyo contenido es el siguiente:

Pedro Godoy, Cavilaciones y mortificaciones de un atribulado lector; Javier Negrete, Narrando batallas; Antonio Penadés, La novela histórica en Grecia antigua. Grecia antigua en la novela histórica; Gisbert Haef, Cosas de Troya; Gisbert Haef, Historias de vino y sangre; Carlos García Gual, Novelas biográficas o biografías novelescas de algunos personajes de la antigüedad. Algunos ejemplos; Carlos García Gual, Trucos de la ficción histórica.

En primer lugar, Pedro Godoy intenta poner en claro qué es y qué no es novela histórica. Para ello parte de la confusión ante la que se halla el lector que acude a una librería en busca de una buena novela histórica. Estantes llenos de obras en las cuales la historia, la ficción, la fantasía y el esoterismo se confunden como si fueran una misma cosa.

Lo que de verdad le revuelve el estómago [al habitual lector de novela histórica] es comprobar una y otra vez cómo toda esa excelsa literatura acaba llegando, precisamente, a las secciones de novela histórica de las librerías como manzanas podridas que se arrojan al cesto de las sanas, infectando de gusanos a los hermosos frutos del género como Restauración (1989) de Rose Tremain, El rey de hierro (1955) de Maurice Druon, Elena (1960) de Evelyn Waugh, Los restos del día (1989) de Kazuo Ishiguro o El perfume (1985) de Patrick Süskind, por citar un puñado de buenos títulos que quedan en la memoria.”

Godoy comenta también los reparos y repudios que ha sufrido y sufre este género narrativo por parte de muchos historiadores, quienes lo consideran algo espurio y fruto del intrusismo, contribuyendo así a confundir aún más las cosas y provocando que muchos autores de novela histórica sientan que deben justificarse ante el lector ofreciendo innecesarias explicaciones.

Javier Negrete, por su parte, nos ofrece su punto de vista de escritor de novela histórica centrando su ensayo en los relatos y descripciones de batallas célebres, procedentes tanto de su propia obra novelística, como de otros autores. Describe, analiza y comenta las técnicas narrativas y descriptivas empleadas en diversas obras. Además de ofrecer al lector elementos de juicio que merece la pena tener en cuenta, las novelas que Negrete comenta ya constituyen de por sí una recomendación de lectura nada desdeñable.

Para Antonio Penadés la obra Historia de Heródoto es el punto de partida, la base indispensable para comprender un sinfín de temas relacionados con la Grecia antigua, debido a que el escritor griego se interesó por todo lo humano con afán investigador y con amplitud de miras. Los comentarios de Penadés acerca de la obra de Heródoto despiertan en el lector el deseo de adentrarse un poco en ella, siquiera sea de forma fragmentaria. Aparte de los comentarios y de la valoración de la obra de Heródoto, Penadés destaca el valor de la novela histórica como fuente de placer y de evasión en tanto que novela y como fuente de conocimiento en tanto que recreación de épocas, hechos y ambientes del pasado.

Penadés recalca la responsabilidad del autor de novela histórica, quien debe documentarse a conciencia y con rigor, pues se debe al lector que deposita en él la confianza que le llevará a conocer mejor una época pasada o un personaje histórico.

Gisbert Haef, en sus textos Cosas de Troya e Historias de vino y sangre, desarrolla la relación entre historia, arqueología y leyendas que tiene lugar en las obras inspiradas en los hechos y personajes del mundo troyano, por una parte; por otra, presenta el proceso de documentación y creación de sus  novelas centradas en las figuras de Aníbal y Alejandro.

Leer a García Gual es siempre un placer. Su estilo ameno y claro, sus comentarios tan didácticos se agradecen siempre y más si se trata de temas eruditos como los que presenta en este caso. En Novelas biográficas o biografías novelescas de algunos personajes de la Antigüedad,  el catedrático caracteriza los dos tipos de novela histórica que predominan: la novela histórica de corte romántico y las que están centradas en figuras destacadas de la historia .Su exposición se refiere a las que siguen un esquema biográfico, a los puntos de vista y a las fórmulas adoptadas por los autores. En Trucos de la ficción histórica analiza las formas y los usos de esta fórmula literaria, que se remonta a la Antigüedad y  que se ha convertido en un verdadero tópico en la literatura universal.

Cinco miradas, efectivamente, sobre la novela histórica, que permiten al lector hacerse una idea precisa de los rasgos que caracterizan el género desde un punto de vista riguroso y fundamentado. Estos cinco textos separan el grano de la paja, proporcionando criterios fiables  para elegir una buena lectura. Además, constituyen una fuente de información amplia sobre novelas históricas de calidad y buenos escritores de este género. En resumen, me parece una obra muy recomendable para cualquiera que se interese por esta clase de novelas y desee documentarse y profundizar un poco más en su conocimiento y su lectura. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Poema del mes. Enero: Octavio Paz

Al leer este bonito poema de Octavio Paz, perteneciente al libro Árbol adentro (1988) he sentido que no podía dejar pasar la ocasión de incluirlo en mi blog como poema del mes de enero. Además, por su título, Primero de enero, le corresponde por derecho la primera entrada del nuevo año.

El poeta recoge en este texto esa sensación que nos embarga a todos ante el nuevo año: la de que todo está por hacer. La esperanza de algo mejor que lo pasado florece en nuestros corazones. Ante nosotros se abre un camino virgen a través del cual, presagiamos, podremos realizar un sueño, inventar un nuevo proyecto, alcanzar lo deseado…

PRIMERO DE ENERO

Las puertas del año se abren,
como las del lenguaje,
hacia lo desconocido.
Anoche me dijiste:
mañana
habrá que trazar unos signos,
dibujar un paisaje, tejer una trama
sobre la doble página
del papel y del día.
Mañana habrá que inventar,
de nuevo,
la realidad de este mundo.

Ya tarde abrí los ojos.
Por el segundo de un segundo
sentí lo que el azteca,
acechando
desde el peñón del promontorio,
por las rendijas de los horizontes,
el incierto regreso del tiempo.

No, el año había regresado.
Llenaba todo el cuarto
y casi lo palpaban mis miradas.
El tiempo, sin nuestra ayuda,
había puesto,
en un orden idéntico al de ayer,
casas en la calle vacía,
nieve sobre las casas,
silencio sobre la nieve.

Tú estabas a mi lado,
aún dormida.
El día te había inventado
pero tú no aceptabas todavía
tu invención en este día.
Quizá tampoco la mía.
Tú estabas en otro día.

Estabas a mi lado
y yo te veía, como nieve,
dormida entre las apariencias.
El tiempo sin nuestra ayuda,
inventa casas, calles, árboles,
mujeres dormidas.

Cuando abras los ojos
caminaremos, de nuevo,
entre las horas y sus invenciones
y al demorarnos en las apariencias
daremos fe del tiempo y sus conjugaciones.
Abriremos las puertas de este día,
entraremos en lo desconocido.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Literatura comparada. El simbolismo del árbol en Antonio Machado y Joan Alcover

Comentando con mis alumnos el poema A un olmo seco, de Antonio Machado (Sevilla, 1875 – Colliure, 1939), me vino a la memoria Desolació, del poeta mallorquín Joan Alcover (Palma, 1854 -1926). Ambos poetas toman el motivo del árbol para expresar a través de él su sentir en una dolorosa situación personal que les afectaba en lo más hondo de su alma.

Hay símbolos que son universales, que pertenecen al bagaje mental, emocional y cognitivo del ser humano de cualquier época y cultura, y que forman parte de eso que se suele denominar el inconsciente colectivo. El árbol es uno de ellos. Su simbólica es extraordinariamente rica y diversa, tal como se expone en el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant. Este apunte que hoy os dejo aquí intenta recoger tan solo un ejemplo de los valores expresivos y simbólicos del motivo del árbol.

Antonio Machado y Joan Alcover fueron coetáneos. Ambos, hombres de vasta cultura, ambos, figuras destacadas en la sociedad de su tiempo. Aunque su entorno social y cultural fue muy distinto, sin duda la influencia del Simbolismo sobre sus obras fue poderosa. Una muestra de ello son estos dos bellos y emotivos poemas, compuestos los dos a raíz de sendas tragedias personales.

A un olmo seco pertenece al grupo de poemas incluidos en la edición de Campos de Castilla de 1917. Este en concreto forma parte del ciclo de Leonor, en el cual el poeta vierte la dura vivencia de la enfermedad y muerte de su joven esposa. Machado compuso el  poema en 1912, cuando Leonor se encontraba ya gravemente enferma y acabaría falleciendo poco después. Del olmo seco, un árbol que parece ya sin vida y su madera a punto de ser aprovechada para diversos menesteres o de ser pasto de las llamas,  brota con la lluvia de abril, como un milagro, una rama verde.

A un olmo seco

Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina 
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina 
al tronco carcomido y polvoriento.
 No será, cual los álamos cantores 
que guardan el camino y la ribera, 
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera 
va trepando por él, y en sus entrañas 
urden sus telas grises las arañas.
  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas en alguna mísera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje un torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,  
olmo, quiero anotar en mi cartera 
la gracia de tu rama verdecida. 
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.

En Desolació, poema perteneciente al libro Cap al tard, Joan Alcover utiliza la figura del árbol como metáfora y símbolo de sí mismo después de perder a su primera esposa y a cuatro de sus cinco hijos. Un repaso a su biografía nos permite hacernos una idea de la crueldad con que le trató la vida al arrebatarle brutalmente a sus hijos. Joan Alcover se casó por primera vez con Rosa Pujol con quien tuvo tres hijos: Pere, Teresa  y Gaietà, fallecido en 1887. Volvió a casarse en 1891 con María del Haro, con la cual tuvo dos hijos: Maria y Pau. En 1905 murió su hija Teresa de tuberculosis; en 1905 murió Pere de tifus; en 1919 mueren en una misma noche María en Mallorca y Gaietà en Barcelona. De todos sus hijos solamente le sobrevivió Pau.

DESOLACIÓ

Jo só l'esqueix d'un arbre, esponerós ahir,
que als segadors feia ombra a l'hora de la sesta;
mes branques una a una va rompre la tempesta,
i el llamp fins a la terra ma soca mig-partí.
Brots de migrades fulles coronen el bocí
obert i sens entranyes que de la soca resta;
cremar he vist ma llenya; com fumerol de fesa,
al cel he vist anar-se'n la millor part de mi.
I l'amargor de viure xucla ma rel esclava,
i sent brostar les fulles i sent pujar la saba,
i m'aida a esperar l'hora de caure un sol de conhort.
Cada ferida mostra la pèrdua d'una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s'és mort.

En estos dos poemas quedan recogidas dos de las múltiples interpretaciones de este tema simbólico: el árbol como símbolo de vida y de regeneración  y el árbol como símbolo del ser humano.

La primera de ellas, en A un olmo seco, el árbol como símbolo de la vida en perpetua evolución, referida al carácter cíclico de la evolución cósmica que comprende la muerte y la regeneración, cargada de sentido dinámico, se refleja claramente, en mi opinión, en la primera estrofa del poema y en el final, que alude a la esperanza que brota del corazón del poeta ante la visión de esa milagrosa rama verde, que ha brotado por efecto de la lluvia primaveral.

Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

[…]
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.



En cuanto al árbol como símbolo del ser humano, en Desolació Joan Alcover se ve a sí mismo como un árbol que un día fue frondoso y del que solo queda ahora el tronco vacío, desnudo y maltratado, con las ramas arrancadas, del que apenas queda rastro de su pasado esplendor.

Cada ferida mostra la pèrdua d'una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s'és mort.

Un símbolo alude siempre a otra realidad con la cual existe una correspondencia. Una realidad que percibimos de forma intuitiva y global, pues apunta directamente a la psique. Ello no impide un análisis desde la lógica. En cualquier caso, la racionalidad y el conocimiento de la anécdota biográfica constituyen una ayuda importante, pero no indispensable para que el símbolo adquiera sentido y significado. A un olmo seco y Desolació son dos bellos poemas que poseen un sentido por sí mismos, aunque lo ignoráramos todo de sus autores. Son creaciones literarias que trascienden lo biográfico para quedar fijadas en lo intemporal humano.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Haruki Murakami: De qué hablo cuando hablo de correr

                                                                               
A mi hijo Pedro, que me prestó este libro.

He disfrutado muchísimo con esta obra de Haruki Murakami, cuyo título encontré sorprendente en un autor de quien desconocía su afición por la carrera de fondo. De qué hablo cuando hablo de correr es un texto autobiográfico, un libro de reflexiones acerca de lo que para el autor significa correr y de lo que esta afición le aporta en lo personal y en lo literario. No pensemos, pues, que esa faceta de la personalidad del novelista japonés se opone a su oficio de creador. Al revés. El corredor y el escritor se nutren mutuamente y se complementan formando un todo inseparable, ese que hemos ido conociendo a medida que se iban publicando sus libros.

Murakami nos explica por qué prefiere esta actividad frente a otras y lo atribuye a un rasgo de su forma de ser: su preferencia por la soledad y por aquellas actividades que pueden llevarse a cabo en solitario y no de forma colaborativa o competitiva. Al correr compite solo contra sí mismo o, en cualquier caso, siente que se esfuerza por superarse y ello le aporta una sensación de gran bienestar.

Escribir sobre el hecho de correr da pie a hermosos comentarios o descripciones, como por ejemplo la del río Charles,  o a comparar la carrera de fondo con su actividad como escritor.

“Los ríos, a no ser que sufran cambios trascendentales, no varían mucho con el paso de los años, pero me pareció que el río Charles estaba especialmente igual que siempre. Había transcurrido el tiempo, los estudiantes eran otros, yo tenía diez años más, y por debajo del puente había corrido, literalmente, mucha agua. Con todo, el río en sí no había cambiado ni un ápice y seguía mostrando su apariencia de antaño. El caudaloso curso de agua fluía silencioso hacia la bahía de Boston. Remojando las orillas, haciendo brotar las verdes plantas estivales, alimentando a las aves acuáticas, pasando bajo el viejo puente de piedra, reflejando las nubes en verano (o llevando a flote cascos de hielo en invierno), sin prisa, pero sin pausa, como esas ideas inmutables que han conseguido sobrevivir a numerosas revisiones, el río simplemente seguía, silencioso, su camino hacia el mar.” (pág. 27)

La reflexión sobre el hecho de correr articula el análisis sobre sí mismo, sobre su manera de entender la vida y el hecho de escribir. Vuelve otra vez la imagen del río, tópico universal,  como un eco clasicista en el que se entreteje esa conciencia del autor de ser únicamente rival de sí mismo:

“Mientras corro pienso, de improviso, que tampoco pasa nada si no consigo mejorar mis marcas. He envejecido y el tiempo se va cobrando sus cuotas. Nadie tiene la culpa. Son las reglas del juego. Es igual que los ríos que fluyen hacia el mar. Sólo puedes aceptar esa imagen tuya tal como es, como una parte más del paisaje natural.” (pág. 38)

Haruki Murakami, de forma ágil y amena, a través de una prosa sencilla y precisa, nos relata momentos clave de su biografía: a qué se dedicaba antes de convertirse en escritor, de qué forma decidió dar un cambio a su vida y entregarse a la literatura, sus viajes, su participación en muchas carreras en diversas partes del mundo… Un recorrido vital presidido por la pasión por la carrera de fondo y por el oficio de escribir. Ilustran el libro varias fotografías de Murakami tomando parte en algunas carreras con otros muchos corredores o bien corriendo en solitario, como en la carrera de Maratón, en Grecia.

A lo largo del libro se acentúa el paralelismo constante entr correr y escribir. Murakami analiza las cualidades que requiere un buen escritor. La premisa es el talento, que serviría de poco si no fuera acompañada de otras dos: la concentración y la constancia. Así, carrera de fondo y creación literaria van a la par: “En mi caso, la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada día.

Anécdotas personales, comentarios sobre el tipo de música que le gusta escuchar mientras corre, visiones del paisaje y del entorno de cada carrera, valoraciones de su técnica como corredor y de las formas de potenciar su forma física hacen de este libro una obra entretenida, en la que destaca especialmente el factor humano. El propio Murakami nos brinda la ocasión de conocerle mejor y valorarle aún más como escritor. La sencillez y la brevedad del texto no deben hacernos olvidar que nos hallamos ante uno de los más brillantes autores japoneses actuales. 


De qué hablo cuando hablo de correr gustará, sin duda, tanto a los lectores que ya conocen a Haruki Murakami y disfrutan con sus libros, como a aquellos que son aficionados a correr y quizá se sientan atraídos por la temática de la obra.


sábado, 14 de septiembre de 2013

Poema del mes. Septiembre: Pablo Neruda

En el precioso libro Navegaciones y regresos (1959) he hallado un poema dedicado al mes de septiembre: Oda a las alas de septiembre. ¿Qué tiene de especial? Pues que para quienes vivimos en el hemisferio norte septiembre es la antesala del otoño. Resume el dorado final del verano y anticipa con sus nubes cargadas de lluvia, con sus atardeceres suaves, el otoño que se prolongará hasta el solsticio de invierno. En cambio, para quienes viven en el hemisferio sur ocurre todo lo contrario: septiembre marca la entrada de la primavera.

Pablo Neruda canta en este poema a estas primaverales criaturas aladas que son las bellas golondrinas. Como siempre, nuestro querido poeta, convierte la metáfora en luz que ilumina aspectos peculiares de los seres. La metáfora dota a las golondrinas de una nueva y poética entidad y nos recuerda que la poesía es también una forma de conocimiento.

ODA A LAS ALAS DE SEPTIEMBRE

He visto entrar a todos los tejados
las tijeras del cielo:
van y vienen y cortan transparencia:
nadie se quedará sin golondrinas.

Aquí era todo
ropa, el aire espeso
como frazada y un vapor del sal
nos empapó el otoño
y nos acurrucó contra la leña.

En la costa del Valparaíso,
hacía el sur de la Planta Ballenera:
allí todo el invierno se sostuvo
intransferible con su cielo amargo.

Hasta que hoy al salir
volaba el vuelo,
no paré mientes al principio, anduve
aún entumido, con dolor de frío,
y allí estaba volando,
allí volvía
la primavera a repartir el cielo.

Golondrinas de agosto y de la costa,
tajantes, disparadas
en el primer azul,
saetas de aroma:
de pronto respiré la acrobacias
y comprendí que aquello
era la luz que volvía a la tierra,
las proezas del polen en el vuelo,
y la velocidad volvía a mi sangre.
Volví a ser piedra de la primavera.

Buenos días, señores golondrinas
o señoritas o alas o tijeras,
buenos días al vuelo del cielo
que volvió a mi tejado:
he comprendido al fin
que las primeras flores
son plumas de septiembre. 


lunes, 15 de julio de 2013

Poema del mes. Julio: José Zorrilla


En julio el calor aprieta ya de verdad. Es cierto que depende de dónde uno resida. No es lo mismo el calor de las zonas del Mediterráneo que el calor más suave de las costas cantábricas, por ejemplo, o el ardor terrible, de horno, que se da en el interior de la península. Sea como sea, del calor no nos libramos. Y el mes de agosto suele ser aún peor.

José Zorrilla (1817 –1893), poeta del Romanticismo español, célebre por su drama Don Juan Tenorio, refleja vivamente en su poema La siesta esa sensación de calma chicha sofocante que se da en el mes de julio. El calor lo paraliza todo. Solo la quietud hace soportable el sol que cae a plomo sobre la tierra y los seres vivos.

Personalmente, lo que más me gusta de este poema es la descripción del ambiente tórrido de las primeras horas de la tarde. La segunda parte del poema contrasta con la primera, pues el poeta no siente el calor debido a que su amada Rosa duerme junto a él en el bosque. Su sola presencia, acostada sobre la hierba, propicia el “locus amoenus” fresco y sombrío que aligera y libera del calor.

Disfrutad del poema, ¡pero a la sombrita!


LA SIESTA

Son las tres de la tarde, julio, Castilla.
El sol no alumbra, que arde, ciega, no brilla.
La luz es una llama que abrasa el cielo,
ni una brisa una rama mueve en el suelo.
Desde el hombre a la mosca todo se enerva,
la culebra se enrosca bajo la yerba,
la perdiz por la siembra suelta no corre,
y el cigüeño a la hembra deja en la torre.
Ni el topo, de galbana, se asoma a su hoyo
ni el mosco pez se afana contra el arroyo
ni hoza la comadreja por la montaña
ni labra miel la abeja ni hila la araña.
La agua el aire no arruga, la mies no ondea,
ni las flores la oruga torpe babea,
todo al fuego se agosta del seco estío,
duerme hasta la langosta sobre el plantío.
Sólo yo velo y gozo fresco y sereno,
sólo yo de alborozo me siento lleno,
porque mi Rosa, 
reclinada en mi seno,
duerme y reposa.

Voraz la tierra tuesta el sol del estío,
mas el bosque nos presta su toldo umbrío.
Donde Rosa se acuesta brota el rocío,
susurra la floresta, murmura el río.
¡Duerme en calma tu siesta, dulce bien mío!

¡Duerme entretanto
que yo te velo, duerme,
que yo te canto!

jueves, 27 de junio de 2013

Para Nelson Mandela

Quiero dedicar a Nelson Mandela, persona a quien toda mi vida he admirado por su valentía, por su coraje y su imbatible fuerza moral, este poema de Nicolás Guillén. Que esta hermosa balada le acompañe y le alegre el corazón. 
http://www.thefamouspeople.com/profiles/nelson-mandela-59.php
 Balada de los dos abuelos

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Lanza con punta de hueso,
tambor de cuero y madera:
mi abuelo negro.
Gorguera en el cuello ancho,
gris armadura guerrera:
mi abuelo blanco.

Pie desnudo, torso pétreo
los de mi negro;
pupilas de vidrio antártico
las de mi blanco!

Africa de selvas húmedas
y de gordos gongos sordos...
--¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
Aguaprieta de caimanes,
verdes mañanas de cocos...
--¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
Oh velas de amargo viento,
galeón ardiendo en oro...
--¡Me muero!
(Dice mi abuelo negro.)
¡Oh costas de cuello virgen
engañadas de abalorios...!
--¡Me canso!
(Dice mi abuelo blanco.)
¡Oh puro sol repujado,
preso en el aro del trópico;
oh luna redonda y limpia
sobre el sueño de los monos!

¡Qué de barcos, qué de barcos!
¡Qué de negros, qué de negros!
¡Qué largo fulgor de cañas!
¡Qué látigo el del negrero!
Piedra de llanto y de sangre,
venas y ojos entreabiertos,
y madrugadas vacías,
y atardeceres de ingenio,
y una gran voz, fuerte voz,
despedazando el silencio.
¡Qué de barcos, qué de barcos,
qué de negros!

Sombras que sólo yo veo,
me escoltan mis dos abuelos.

Don Federico me grita
y Taita Facundo calla;
los dos en la noche sueñan
y andan, andan.
Yo los junto.

--¡Federico!
¡Facundo!   Los dos se abrazan.
Los dos suspiran.   Los dos
las fuertes cabezas alzan;
los dos del mismo tamaño,
bajo las estrellas altas;
los dos del mismo tamaño,
ansia negra y ansia blanca,
los dos del mismo tamaño,
gritan, sueñan, lloran, cantan.
Sueñan, lloran, cantan.
Lloran, cantan.
¡Cantan!

Fundación Nicolás Guillén