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domingo, 3 de julio de 2016

La resurrección de Lázaro en la poesía. Luis Cernuda y Ponç Pons


He leído el último libro del poeta menorquín Ponç Pons, Camp de bard. Obra magnífica, como era esperable, en la que encontramos un capítulo titulado "Versions  d’Història Sagrada". El poema XIV-"Llàtzer" pertenece a este apartado. Un texto de otro gran poeta, Luis Cernuda, lleva el mismo título, "Lázaro", incluido en Las nubes (1937-1940). La lectura del primero me hizo sentir el eco del segundo y me invitó a releerlo y a compararlos.

En ambos textos  la voz del yo poético es la de Lázaro. El milagro de la resurrección es relatado desde la percepción del propio Lázaro. ¿Cómo se enfoca el tema de la resurrección? ¿Cómo se siente Lázaro en la muerte? ¿Qué supone para él el retorno a la vida?

"Lázaro" de Cernuda es un poema largo, de 12 estrofas, en el que el personaje comienza refiriéndose a lo que le explicaron de su propia resurrección: “Así lo cuentan ellos que lo vieron”.

A partir de la segunda estrofa Lázaro se demora en la evocación de sus recuerdos de la resurrección, en las sensaciones de su cuerpo y de su alma. La muerte es un suelo en el que está depositado y el milagro es el despertar forzado que le arranca de la tierra fría devolviéndole la tibieza en la sangre: “Era otra vez la vida”. Una vida que Lázaro ya no desea. Sumido aún en el sueño de la muerte entreoye algo de “nuevo nacimiento”, que para él no es tal. Siente cómo le desamortajan y el golpe duro de la luz del sol. Le inunda el deseo de quedarse dónde estaba, de regresar a la muerte.

“La luz me remordía
y hundí la frente sobre el polvo
al sentir la pereza de la muerte "(v 47-49)

Entre los testigos del milagro de la resurrección, al comenzar el día y apagarse la llama que ilumina la escena, se hace patente la presencia de Jesús, a quien no se nombra:

Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos
llenos de compasión, y hallé temblando un alma
donde mi alma se copiaba inmensa,
por el amor dueña del mundo.” (v 65-68)

Lázaro no puede resistirse a su llamada: “Y en mí no estaba ya sino seguirle”( v 78). Sin embargo, vivir es ahora un esfuerzo. La vida carece de aliciente y estando otra vez vivo, se siente muerto. Vivir es una carga pesada para la que Lázaro no se siente con fuerzas y por eso reza pidiendo ayuda para soportarla y cumplir la función para la que es requerido.

Trabajando, no por mi vida ni mi espíritu,
mas por una verdad en aquellos ojos entrevista

La confianza en esa verdad entrevista en la mirada de Jesús le lleva a compararse con el lirio del campo que germinando bajo tierra un día estalla en la gloria de la luz. Digamos, en suma, que Lázaro de Cernuda acepta la carga de la vida porque en su corazón ha prendido la llama del mensaje trasmitido por los ojos de Jesús.

"Llàtzer" de Ponç Pons es un poema breve, de dos estrofas de 8 y 7 versos respectivamente. Rezuma rebeldía del hombre que ha hallado un horizonte más amable en la muerte, de la que Dios le ha obligado a salir:

I m’adon que no tenc
més futur que la vida.”

Visión desencantada y nihilista de la vida, consciencia de la nada después de la muerte, percepciones terribles transmitidas con unas breves y punzantes palabras:

i ara sé, descregut,
que després de la mort
tot és fosca i oblit,
no hi ha res més que absència”.

No hay encuentro  con otro ser capaz de lograr que Lázaro realice el esfuerzo de vivir; no hay mensaje ni luz, solo la nada, el no ser, “absència”.

A pesar de las diferencias formales y de enfoque entre los dos poemas, ambos tienen en común la idea de la muerte como un bienestar del que Lázaro es arrancado en contra de su voluntad por la fuerza del milagro. En "Llàtzer" la divinidad actúa como fuerza omnipotente al margen del ser humano, a quien somete a su capricho. No es un dios entre las personas, como el Jesús no nombrado del poema de Cernuda, ni hay una apuesta por el hombre que merezca el sacrificio o la entrega a un ideal.

Entiendo que el tema, el personaje bíblico de Lázaro, es utilizado por ambos poetas a modo de símbolo que encarna, desarrolla y representa de forma muy distinta tres visiones: la de la vida, la de la muerte y la de la divinidad. En el poema de Ponç Pons el hombre está solo en la tierra y en el paisaje. La divinidad es algo ajeno y hostil. Para Cernuda, el ser que obra el milagro de la resurrección es alguien con un proyecto por el que Lázaro realiza el esfuerzo de vivir.

Los textos de Luis Cernuda y de Ponç Pons se insertan en la tradición literaria universal que encuentra inspiración en los libros, temas o personajes de la Biblia. Unas obras nos conducen a otras. ¿Por qué no leer el texto bíblico sobre el milagro de la resurrección de Lázaro en el Evangelio de San Juan? Es interesante adentrarse un poco en el relato evangélico que da pie a la recreación literaria de este personaje y a su transformación en símbolo de algo que trasciende una creencia religiosa  porque alude a la condición humana y sus inquietudes intemporales.


sábado, 26 de diciembre de 2015

"Flores de buganvilia", un poema de Eloy Sánchez Rosillo

 Estoy releyendo los libros de poemas de Eloy Sánchez Rosillo, el poeta con el que me siento más identificada en esta época de mi vida. Siempre me ha gustado. Desde que hace ya algunos años compré la antología poética Confidencias, no he dejado de leerle. En él hallo siempre un poema para cada momento, para cada estado de ánimo y, en cualquier caso, un bello y trabajado lenguaje poético.

No diré ahora nada de los temas que aparecen de forma recurrente, y que constituyen el eje de su poesía. Citaré tan solo el poema “Flores de buganvilia”, que figura en el libro Oír la luz (2008). Me he topado con él y he cortado un ramito de mi enorme trepadora que este invierno que acaba de empezar, después de un otoño con unas temperaturas inusualmente altas, conserva muchas de sus esplendorosas y abundantes flores.

No tienen ya el tamaño propio de la época de mayor floración, pero aún alegran y colorean el jardín. Las flores son pequeñas, como más debilitadas y con la textura propia del delicado papel de seda. La foto de estas flores tardías sobre la portada de los libros de poemas de Eloy Sánchez Rosillo ilustra este bonito poema que expresa el afán por captar la belleza de algo efímero antes de que pase el momento y ya no sea posible recobrarla.


FLORES DE BUGANVILIA

En el jarrón que hay sobre esta mesa
he puesto hace un momento unas ramas con flores
de buganvilia. No me fue posible
resistir el impulso de traerlas conmigo:
colgaban de la tapia de una casa
y al doblar una esquina me asaltaron los ojos.
No son apenas nada, poca cosa,
Pero cuánto acompañan.
                                                El  color
que las flores ostentan es un púrpura vivo,
y aún estando tan frescas, al tocarlas,
tienen un tacto quebradizo y seco.
Parecen mariposas de papel
que se hubieran posado en esas ramas
a descansar un poco.
                                    Por si alzaran
súbitamente el vuelo y luego se marchasen
de mi casa y mi vida para siempre,
las anoto deprisa en mi cuaderno.

El último verso remite a otro del mismo autor  ”y apunto emocionado en mi cuaderno” , del poema “Acerca del jilguero” y, cómo no, a otro verso célebre de Antonio Machado en el poema “A un olmo seco”: “olmo, quiero anotar en mi cartera/ la gracia de tu rama verdecida”. Es el motivo literario del poeta siempre atento a tomar nota de las cosas tocadas instantáneamente por la belleza y la magia, para que la palabra escrita y el verso les permitan perdurar. El poeta se convierte entonces en creador de imágenes que logran detener el tiempo.

martes, 15 de diciembre de 2015

Simbolismo de la granada

Planté un granado en mi jardín hace ya un par de años. Es pequeño aún. Este año ha echado hermosas flores que se han convertido en granadas con una buena apariencia, pero que no han resultado buenos frutos, porque no han madurado bien, o porque yo no lo he sabido cuidar debidamente, que muy bien podría ser.

 Lo cierto es que ahora, en el momento de empezar este invierno que ya veremos si lo será, por las temperaturas tan inusualmente altas que tenemos, sus hojas se han vuelto de un amarillo luminoso. Durante unos días el arbolito desprendía luz al mirarlo y ahora esas hojas van cayendo, dejando sus ramas desnudas y un tapiz entre amarillo y ocre en el suelo. Cuando estaba en plena floración saqué unas fotos de aquellas flores divinas, de un rojo anaranjado intenso que brillaban entre el verdor de las ramas.

Siempre me ilusionó tener un granado, más que para comerme sus deliciosos frutos, para tener este árbol que me recuerda siempre a otro: el granado de mi abuela, que era enorme y producía unas granadas que eran una delicia. ¡Esas sí que maduraban bien! Mi abuela vivía en el campo y, como eran otros tiempos, no tenía electricidad. Lavaba la ropa a mano bajo el granado. Era otra vida, otro mundo muy distinto del de ahora. Todos los granados y todas las granadas llevan en sí la imagen y el recuerdo querido de mi abuela.



Pero, aparte de los recuerdos personales, el granado es importante por el simbolismo atribuido a su fruto,  tan bello en su forma y en su colorido.

"Granada" procede del latín, malum granatum o manzana o fruta con granos. Según el Diccionario de los símbolos, de Jean Chevalier y  Alain Gheerbrant, la granada es un símbolo de la fecundidad que tiene diversas y amplias manifestaciones en distintas culturas. En la Grecia antigua es un atributo de Hera y de Afrodita. Tiene, además, un importante protagonismo en el mito de Perséfone, quien por haberlo comido fue condenada a pasar un tercio del año en los infiernos y los otros dos en el mundo de los vivos por un favor de Zeus. Representa claramente el proceso de la semilla que germina en el seno de la tierra y florece y da su fruto en la superficie.

En Roma el tocado de las novias está hecho con ramas de granado. En Asia y en África encontramos también este mismo simbolismo en diversas leyendas y creencias populares.

En la literatura mística cristiana del siglo XVI, San Juan de la Cruz en el Cántico espiritual (Canciones entre el alma y el Esposo) pone en boca de la Esposa:

Gocémonos, amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.          175

  Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.            180

En el comentario dice el propio San Juan de la Cruz acerca del significado del mosto de granada que “Las granadas significa aquí los misterios de Cristo y los juicios de la sabiduría de Dios y las virtudes  y atributos de Dios, que del conocimiento de estos misterios y juicios se  conocen en Dios, que son innumerables” basándose en la forma de la fruta y en la cantidad y disposición de los granos en su interior.

Así tenemos, pues, uno de los innumerables ejemplos de cómo el ser humano atribuye significados simbólicos y metafóricos a los elementos de la naturaleza. Para mí es simplemente la manifestación clara de que en el fondo nos sentimos parte de esta naturaleza y por esta razón la dotamos de significado como hacemos con todo lo que nos rodea y con todo cuanto creamos.

Y volviendo al principio: a ver si el próximo año tengo más suerte o más habilidad en el cuidado de mi granado y la fruta está más rica.


miércoles, 24 de junio de 2015

La mañana de San Juan en el Romancero: La misa de amor

Para la mañana de San Juan,  que es siempre maravillosa y encantadora, copio aquí este delicioso romance viejo, simpático y gracioso, que relata la entrada en la iglesia de una joven bien vestida y de tal belleza que el celebrante de la misa y el cantor se despistan y ya no saben ni lo que dicen al verla. El motivo de la dama de belleza tan deslumbrante que es capaz de alterar la ceremonia religiosa aparece en diversas baladas europeas y entre los romances que se han conservado entre los judíos de Oriente.

LA MISA DE AMOR

Mañanita de San Juan,
mañanita de primor,
cuando damas y galanes
van a oír misa mayor.
Allá va la mi señora,
entre todas la mejor;
viste saya sobre saya,
mantellín de tornasol,
camisa con oro y perlas
bordada en el cabezón.
En la su boca muy linda
lleva un poco de dulzor;
en la su cara tan blanca,
un poquito de arrebol,
y en los sus ojuelos garzos
lleva un poco de alcohol;
así entraba por la iglesia
relumbrando como el sol.
Las damas mueren de envidia,
y los galanes de amor.
El que cantaba en el coro,
en el credo se perdió;
el abad que dice misa,
ha trocado la lición;
monacillos que le ayudan,
no aciertan responder, non,
por decir amén, amén,
decían amor, amor.

Este romance aparece en la obra de Ramón Menéndez Pidal Flor nueva de romances viejos. Existen en España diferentes versiones de este poema, como suele ser propio de los textos literarios de transmisión oral. Algunas no hacen ninguna referencia a la mañana de San Juan, como, por ejemplo, el titulado La bella en misa, recogido en la obra titulada Romancero, de la editorial Crítica, en la edición de Paloma Díaz-Mas, que tiene un comienzo distinto, pues comienza así:

En Sevilla está una ermita   cual dicen de San Simón
Adonde todas las damas    iban a hacer oración:
Allá va la mi señora,     sobre todas la mejor.

Y sigue después igual que en el de la edición de Menéndez Pidal.


¡Que disfrutéis con su lectura!

domingo, 31 de mayo de 2015

Poema del mes. Mayo: Vicente Aleixandre

La obra de Vicente Aleixandre Sombra del paraíso es un caso especial en la poesía de los años 40, tan marcada por la dureza de la vida en España en aquella época. Aleixandre no sigue ninguna de las dos tendencias poéticas que destacan: la poesía arraigada, escrita por aquellos poetas que se sienten conformes con la vida y el mundo en que viven, y la poesía desarraigada, compuesta por quienes desplazan su profundo malestar social y personal hacia la expresión dramática y desgarrada de sus vivencia. 

Vicente Aleixandre se sumerge, y nos sumerge a todos sus lectores, en la belleza del paraíso con un lenguaje y unas imágenes espléndidas y evocadoras. Logra comunicarnos la gracia, el encanto y la inocencia de lo primigenio a través de los temas tratados en Sombra del paraíso. En este libro evoca también su infancia y su ciudad, Málaga, a la que convierte en "Ciudad del paraíso"

CIUDAD DEL PARAÍSO

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria, 
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama, por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.

Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
merecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.

Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores en brillos.

Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.

Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.

Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!

Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.
 

Bahía de Málaga (Wikipedia)

domingo, 10 de agosto de 2014

Poema del mes. Agosto: Eloy Sánchez Rosillo

Vuelvo una y otra vez a la poesía de Eloy Sánchez Rosillo. Definitivamente, es uno de mis poetas más queridos. En cada relectura descubro nuevos sentidos, imágenes, textos bellísimos que apuntan como flechas certeras al corazón de la vida, textos que a veces me reconcilian con el mundo o que, regalos valiosísimos, me brindan nuevas perspectivas sobre el oficio de vivir.

Otras veces, lo que sus versos me dan es la posibilidad de descubrir lo que ama este poeta, las cosas que le gustan, sus recuerdos más queridos, lo que le inspira o despierta su nostalgia... ¡Tantas cosas!  Eloy Sánchez Rosillo ama el verano, la luz, el calor, los árboles, las aves y… la luna llena.

Hay en su obra continuas referencias a la luna, vista siempre como un ser amable y benéfico que derrama sobre el mundo su hermosa luz. Precisamente en el libro Oír la luz, podemos leer este bonito poema que transcribo a continuación en esta noche de luna llena.

LUNA DE AGOSTO

Es tanta la belleza de la vida
que no disminuiría para mí su hermosura
si de pronto faltaran de la faz de la tierra
algunas de las cosas que más amo.

Pero qué triste un mundo en el que no
pudiera yo mirar la luna llena
sobre el mar del verano.

martes, 29 de julio de 2014

Poema del mes de julio. Literatura comparada: la muerte de los niños en Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado

La figura de los niños en la poesía no siempre tiene tintes idílicos o lúdicos. A veces los autores destacan las facetas más duras, como el dolor, la soledad o la indefensión. William Blake, por ejemplo, trató el tema de la explotación infantil en los poemas dedicados a los pequeños deshollinadores,  pertenecientes a  Songs of Innocence and of Experience. Otras veces será la muerte de un niño la idea central de la composición. La muerte de un niño es la de un ser humano, tenga este la edad que sea, pero lo infantil va unido en nuestra sensibilidad a lo tierno y lo frágil y por esta razón nos impacta más. La vida de un niño es una vida por vivir, inocente aún. El niño inspira simpatía y cariño y cualquier persona sensible es consciente de la indefensión en que se halla por su tierna edad y por su falta de experiencia de la vida.

En este sentido, hay dos poemas que siempre que siempre me impresionan hondamente: La carbonerilla quemada, de Juan R. Jiménez y La muerte del niño herido, de Antonio Machado. Ambos transmiten un profundo sentido trágico y un sentimiento de dolor por la injusta muerte de dos criaturas inocentes.

 La carbonerilla quemada, poema que figura en la Segunda antolojía poética (1898-1918), pertenece a la obra Historias (1908-1912). Siguiendo la tradicional clasificación de la obra de Juan R. Jiménez en tres etapas, situaríamos este poema en la primera época o sensitiva, que abarca los poemas compuestos entre 1898 y 1915. La muerte del niño herido, de Antonio Machado forma parte de las Poesías de la guerra, compuestas entre 1936 y 1939.

En el poema de Juan R. Jiménez la imagen poética y la personificación trazan el dramático cuadro de la tragedia: se produce un incendio y la carbonerilla resulta malherida, medio abrasada. El leve esbozo argumental destaca la indefensión y la soledad de la niña ante la ausencia de la madre, a la que llama en vano desesperadamente y que no puede socorrerla a tiempo.

LA CARBONERILLA QUEMADA

En la siesta de julio, ascua violenta y ciega,                        
prendió el horno las ropas de la niña. La arena                
quemaba cual con fiebre; dolían las cigarras;                    
el cielo era igual que de plata calcinada.                              
...Con la tarde, volvió -¡anda, potro!- la madre.                              
El pinar se reía. El cielo era de esmalte                 
violeta. La brisa renovaba la vida...                        
La niña, rosa y negra, moría en carne viva.                         
Todo le lastimaba. El roce de los besos,                              
el roce de los ojos, el aire alegre y bello:                            
-«Mare, me jeché arena zobre la quemaúra.                   
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca                   
ejtubo ejto tan zolo! Laj yama me comían,                        
mare, yo te yamaba, y tú nunca benía!»             
Por el camino -¡largo!- sobre el potrillo rojo,                    
murió la niña. Abiertos, espantados, sus ojos                  
eran como raíces secas de las estrellas.                              
La brisa jugueteaba, ensombrecida y fresca.                    
Corría el agua por el lado del camino.                   
Ondulaba la yerba. Trotaban los pollinos,                           
oyendo ya los gritos de los niños del pueblo...                 
Dios estaba bañándose en su azul de luceros.

En estilo directo, la voz de la niña quemada hablándole a su madre cuando regresa, expresa el horror de la soledad más radical ante el dolor causado por las quemaduras. La pequeña carbonerilla fallece por el camino. Desolación. La brisa fresca, el agua, la hierba, las voces de los niños del pueblo son el contrapunto de la vida frente a la muerte.

El último verso, demoledor, evidencia el abandono de la niña víctima del fuego: Dios no se ocupó de ella, “estaba bañándose en su azul de luceros.”

En cuanto a La muerte del niño herido, es, para mí,  la mejor composición del grupo Poesías de la guerra. Concentra una carga dramática sin igual con respecto a las otras. El niño del poema machadiano es cualquier niño herido en cualquiera de las muchas guerras que hay en el mundo. Los noticiarios nos muestran cada día imágenes terribles de niños heridos o muertos por la ciega violencia de los adultos.

 LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO

Otra vez es la noche... Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!
—Duerme, hijo mío. Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;
fuera la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.
—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

El niño delira en la noche por la fiebre, que le hace ver alucinaciones. El estilo directo, como en La carbonerilla quemada, potencia el dramatismo de la escena. La visión del niño -el pájaro amarillo y las mariposas negras y moradas- y las palabras dolientes de la madre nos dejan con el corazón encogido. La luna, ajena al drama, brilla con su luz blanca en la noche de guerra. El último verso, aquí también, dice lo irremediable: la fría muerte.

Este triste y bellísimo poema es más fuerte y más expresivo que cualquier alegato teórico en contra de las guerras.

 En resumen, y para terminar, nuestros dos poetas, al escoger el tema de la muerte de los niños, eligieron también contar con la figura de la madre como personaje antagónico que no puede impedir la muerte, tan solo sufrirla. Como recursos especialmente expresivos el estilo directo y el contraste entre el dolor que impregna las escenas y la impasibilidad de la divinidad y de la naturaleza.



martes, 1 de julio de 2014

Sobre un romance de Góngora: Amarrado al duro banco...

Góngora (Córdoba 1561-1627) ,como otros poetas del Siglo de Oro, cultivó el romance culto, que, manteniendo el estilo, las formas del romance popular anónimo y bastante de su espíritu, destaca por el cuidado de la forma, la atención a los detalles y por la sonoridad de la versificación.

 El romance, género literario nacido en el siglo XIV, ha llegado a convertirse en el transcurso de los siglos en el emblema de la poesía hispánica popular de todos los tiempos. Composición poética de carácter épico-lírico, aúna el relato de hechos o el apunte de una escena con la expresión de sentimientos o emociones o, incluso a veces sin expresarlos, los despierta en el oyente o lector. Entre la variadísima temática tratada por los romances viejos,  encontramos aquellos que se vinculan más directamente a la épica y a los hechos históricos cercanos en el tiempo a la época de su composición, como los noticieros, fronterizos y moriscos.

Como señalan Blanco Aguinaga, Rodríguez Puértolas y Zavala en la Historia social de la Literatura española (vol. I), los héroes del romancero anónimo son seres humanos inmersos en un mundo que a veces les es ajeno y hostil, ante el cual se encuentran solos en su lucha por sobrevivir. El mundo medieval ha quedado atrás, y la radical soledad del héroe no hará sino agudizarse en su camino hacia un destino trágico o hacia la frustración de sus deseos y esperanzas. La religión y la fe ya no constituyen un apoyo firme ni un amparo ante la adversidad.

Fiel a los temas y al espíritu del romancero popular, don Luis de Góngora pinta una escena llena de vida y emotividad que recrea el drama vivido por quienes tenían la desgracia de ser capturados por los turcos en el siglo XVI. El romance  Amarrado al duro banco de una galera turquesca aparece fechado en 1583 en las Obras completas de Góngora editadas por Aguilar en 1972 (recopilación, prólogo y notas de Juan e Isabel Mille y Giménez), al igual que el siguiente romance La desgracia del forzado. Se trata de dos composiciones inspiradas en hechos históricos relativamente cercanos a la vida del autor.

Amarrado al duro banco
De una galera turquesca,
Ambas manos en el remo
Y ambos ojos en la tierra,
Un forzado de Dragut
En la playa de Marbella
Se quejaba al ronco son
Del remo y de la cadena:
«¡Oh sagrado mar de España,
Famosa playa serena,
Teatro donde se han hecho
Cien mil navales tragedias!,
»Pues eres tú el mismo mar
Que con tus crecientes besas
Las murallas de mi patria,
Coronadas y soberbias,
»Tráeme nuevas de mi esposa,
Y dime si han sido ciertas
Las lágrimas y suspiros
Que me dice por sus letras;
»Porque si es verdad que llora
Mi captiverio en tu arena,
Bien puedes al mar del Sur
Vencer en lucientes perlas.
»Dame ya, sagrado mar,
A mis demandas respuesta,
Que bien puedes, si es verdad
Que las aguas tienen lengua,
»Pero, pues no me respondes,
Sin duda alguna que es muerta,
Aunque no lo debe ser,
Pues que vivo yo en su ausencia.
»¡Pues he vivido diez años
Sin libertad y sin ella,
Siempre al remo condenado
A nadie matarán penas!»
En esto se descubrieron
De la Religión seis velas,
Y el cómitre mandó usar
Al forzado de su fuerza.

Durante la segunda mitad del siglo XVI las costas españolas sufrieron graves incursiones de la armada otomana y de los corsarios berberiscos. En el contexto del enfrentamiento entre los Habsburgo y los Valois, Francia estableció una alianza con Turquía para tratar de defender sus intereses en el Mediterráneo frente a España. Turquía, por su parte, aprovechó esta alianza para servir sus propios intereses en el Mediterráneo occidental. Los otomanos hacían alarde de poder sembrando el terror, arrasando poblaciones costeras, como fue el caso de Ciutadella de Menorca en julio de 1558,  y capturando esclavos para obtener luego un rescate, utilizarlos como remeros en las galeras o llevarlos a Turquía como parte del botín. Derrotados en Lepanto en 1571, los otomanos desaparecen al fin del Mediterráneo occidental.

El personaje de nuestro romance es “un forzado de Dragut”. Dragut (1514 – 1565) – o Turgut Rais-, corsario del imperio otomano, inició su carrera con Barbarroja. Dirigió diversas operaciones contra las costas italianas y españolas hacia 1550, y en 1552 fue nombrado gran almirante. Por consiguiente, si nos atenemos a los datos biográficos de Dragut y a las palabras del protagonista del poema, podríamos situar la escena representada en el romance gongorino alrededor de veinte años antes de la composición del texto poético.

Las tristes palabras del forzado pintan un cuadro de desesperanza. Diez años esclavizado, remando en la galera, encadenado al banco, sobreviviendo en una soledad interior tan brutal que no tiene otro interlocutor que el “sagrado mar de España”, al que invoca pidiendo noticias de su esposa. El brusco final, como en los romances viejos,  potencia la carga emotiva del poema y muestra la situación sin salida en la que se halla el personaje: al divisar las naves cristianas que podrían liberarle, es obligado por el cómitre a remar con más fuerza para huir rápidamente. No hay salvación para él. Su bello parlamento es en realidad una reflexión existencial.

La maestría del gran poeta cordobés en el uso del lenguaje poético ha convertido este romance “de cautivo” en uno de los más bellos romances cultos de la literatura española, que, además, al igual que los tradicionales romances moriscos y fronterizos está inspirado en hechos históricos de la época del autor. Góngora, con su arte, recrea las formas del romance viejo con un nuevo lenguaje de elaboradísima sencillez y provoca en el lector la misma inolvidable emoción que tantísimos romances tradicionales nos hacen sentir aún.


martes, 24 de junio de 2014

La mañana de San Juan en la lírica primitiva

La dimensión poética popular y tradicional de la mañana de San Juan, momento tocado por la magia estival, queda recogida en la poesía lírica primitiva castellana. 

La lírica tradicional es anónima y no aparece por escrito hasta finales del siglo XV o en el siglo XVI. En ella queda plasmado el mundo de la gente del pueblo. A través de estos poemas y canciones podemos entrever las costumbres, fiestas, creencias e inquietudes  -entre ellas las amorosas- del estamento inferior de la sociedad medieval. Canciones de romería, de siega, canciones de monja y de malmaridada, canciones relativas a la conquista y la seducción amorosa aparecen junto a otras que celebran la primavera, el mes de mayo y también la fiesta de San Juan, especialmente la mañana.

La mañana de San Juan es la mañana del amor, momento mágico y luminoso como pocos. Pero a veces, ¡ay!, no es felicidad exultante lo que expresa el poema, sino la pena por la partida del hombre amado, como estos villancicos que transcribo a continuación. El dolor de la mujer enamorada se expresa a través de la negación de todo cuanto se relaciona con el amor en esa precisa mañana en que la vida florece. 

 188*
Ya no me porné guirnalda
la mañana de San Juan,
pues mis amores se van.

Ya no me porné jazmines,
ni guirnalda de azucena;
pornéme crecida pena
por los bosques y jardines.
Aquestos serán mis fines,
como las gentes verán,
pues mis amores se van.

Traeré velo enlutado,
 y de amarillo el vestido
tejido con el olvido,
de mi recelo cercado;
el manto será el cuidado
 por vivir siempre en afán,
 pues mis amores se van.


250*
Que no cogeré yo verbena
 la mañana de San Juan ,
pues mis amores se van.

Que no cogeré yo claveles,
madreselva ni mirabeles,
sino penas tan crueles
cual jamás se cogerán,
pues mis amores se van.

La presencia de la naturaleza es una constante en los villancicos. Las imágenes o elementos tomados de la naturaleza no son un mero ornamento del poema, sino que están cargados de valores simbólicos cuyas raíces se hunden en un fondo común de la humanidad. La relación del amor con el mundo vegetal es un ejemplo de ello. Así, jardines, bosques, flores, frutos aparecen en los villancicos como símbolos del lugar de encuentro de los amantes, de la seducción, de los sentimientos o de la entrega amorosa.

Asimismo, todo cuanto se relaciona con el día de San Juan pertenece a esta misma tradición simbólica de contenido amoroso. La festividad de San Juan tiene lugar un poco después de producirse el solsticio de verano. De hecho, esta festividad conmemora en el mundo cristiano este fenómeno natural a través de cultos solares paganos que se han perpetuado hasta  nuestros días, pasados por el filtro de la Iglesia, que seguramente prefirió concederles un lugar en el santoral antes que empecinarse en erradicarlos.

 * El lector interesado puede encontrar estos poemas en la obra de Dámaso Alonso y José Manuel Blecua Antología de la poesía española. Lírica de tipo tradicional. Editorial Gredos. Madrid: 1978



miércoles, 1 de enero de 2014

Poema del mes. Enero: Octavio Paz

Al leer este bonito poema de Octavio Paz, perteneciente al libro Árbol adentro (1988) he sentido que no podía dejar pasar la ocasión de incluirlo en mi blog como poema del mes de enero. Además, por su título, Primero de enero, le corresponde por derecho la primera entrada del nuevo año.

El poeta recoge en este texto esa sensación que nos embarga a todos ante el nuevo año: la de que todo está por hacer. La esperanza de algo mejor que lo pasado florece en nuestros corazones. Ante nosotros se abre un camino virgen a través del cual, presagiamos, podremos realizar un sueño, inventar un nuevo proyecto, alcanzar lo deseado…

PRIMERO DE ENERO

Las puertas del año se abren,
como las del lenguaje,
hacia lo desconocido.
Anoche me dijiste:
mañana
habrá que trazar unos signos,
dibujar un paisaje, tejer una trama
sobre la doble página
del papel y del día.
Mañana habrá que inventar,
de nuevo,
la realidad de este mundo.

Ya tarde abrí los ojos.
Por el segundo de un segundo
sentí lo que el azteca,
acechando
desde el peñón del promontorio,
por las rendijas de los horizontes,
el incierto regreso del tiempo.

No, el año había regresado.
Llenaba todo el cuarto
y casi lo palpaban mis miradas.
El tiempo, sin nuestra ayuda,
había puesto,
en un orden idéntico al de ayer,
casas en la calle vacía,
nieve sobre las casas,
silencio sobre la nieve.

Tú estabas a mi lado,
aún dormida.
El día te había inventado
pero tú no aceptabas todavía
tu invención en este día.
Quizá tampoco la mía.
Tú estabas en otro día.

Estabas a mi lado
y yo te veía, como nieve,
dormida entre las apariencias.
El tiempo sin nuestra ayuda,
inventa casas, calles, árboles,
mujeres dormidas.

Cuando abras los ojos
caminaremos, de nuevo,
entre las horas y sus invenciones
y al demorarnos en las apariencias
daremos fe del tiempo y sus conjugaciones.
Abriremos las puertas de este día,
entraremos en lo desconocido.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Literatura comparada. El simbolismo del árbol en Antonio Machado y Joan Alcover

Comentando con mis alumnos el poema A un olmo seco, de Antonio Machado (Sevilla, 1875 – Colliure, 1939), me vino a la memoria Desolació, del poeta mallorquín Joan Alcover (Palma, 1854 -1926). Ambos poetas toman el motivo del árbol para expresar a través de él su sentir en una dolorosa situación personal que les afectaba en lo más hondo de su alma.

Hay símbolos que son universales, que pertenecen al bagaje mental, emocional y cognitivo del ser humano de cualquier época y cultura, y que forman parte de eso que se suele denominar el inconsciente colectivo. El árbol es uno de ellos. Su simbólica es extraordinariamente rica y diversa, tal como se expone en el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant. Este apunte que hoy os dejo aquí intenta recoger tan solo un ejemplo de los valores expresivos y simbólicos del motivo del árbol.

Antonio Machado y Joan Alcover fueron coetáneos. Ambos, hombres de vasta cultura, ambos, figuras destacadas en la sociedad de su tiempo. Aunque su entorno social y cultural fue muy distinto, sin duda la influencia del Simbolismo sobre sus obras fue poderosa. Una muestra de ello son estos dos bellos y emotivos poemas, compuestos los dos a raíz de sendas tragedias personales.

A un olmo seco pertenece al grupo de poemas incluidos en la edición de Campos de Castilla de 1917. Este en concreto forma parte del ciclo de Leonor, en el cual el poeta vierte la dura vivencia de la enfermedad y muerte de su joven esposa. Machado compuso el  poema en 1912, cuando Leonor se encontraba ya gravemente enferma y acabaría falleciendo poco después. Del olmo seco, un árbol que parece ya sin vida y su madera a punto de ser aprovechada para diversos menesteres o de ser pasto de las llamas,  brota con la lluvia de abril, como un milagro, una rama verde.

A un olmo seco

Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina 
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina 
al tronco carcomido y polvoriento.
 No será, cual los álamos cantores 
que guardan el camino y la ribera, 
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera 
va trepando por él, y en sus entrañas 
urden sus telas grises las arañas.
  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas en alguna mísera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje un torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,  
olmo, quiero anotar en mi cartera 
la gracia de tu rama verdecida. 
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.

En Desolació, poema perteneciente al libro Cap al tard, Joan Alcover utiliza la figura del árbol como metáfora y símbolo de sí mismo después de perder a su primera esposa y a cuatro de sus cinco hijos. Un repaso a su biografía nos permite hacernos una idea de la crueldad con que le trató la vida al arrebatarle brutalmente a sus hijos. Joan Alcover se casó por primera vez con Rosa Pujol con quien tuvo tres hijos: Pere, Teresa  y Gaietà, fallecido en 1887. Volvió a casarse en 1891 con María del Haro, con la cual tuvo dos hijos: Maria y Pau. En 1905 murió su hija Teresa de tuberculosis; en 1905 murió Pere de tifus; en 1919 mueren en una misma noche María en Mallorca y Gaietà en Barcelona. De todos sus hijos solamente le sobrevivió Pau.

DESOLACIÓ

Jo só l'esqueix d'un arbre, esponerós ahir,
que als segadors feia ombra a l'hora de la sesta;
mes branques una a una va rompre la tempesta,
i el llamp fins a la terra ma soca mig-partí.
Brots de migrades fulles coronen el bocí
obert i sens entranyes que de la soca resta;
cremar he vist ma llenya; com fumerol de fesa,
al cel he vist anar-se'n la millor part de mi.
I l'amargor de viure xucla ma rel esclava,
i sent brostar les fulles i sent pujar la saba,
i m'aida a esperar l'hora de caure un sol de conhort.
Cada ferida mostra la pèrdua d'una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s'és mort.

En estos dos poemas quedan recogidas dos de las múltiples interpretaciones de este tema simbólico: el árbol como símbolo de vida y de regeneración  y el árbol como símbolo del ser humano.

La primera de ellas, en A un olmo seco, el árbol como símbolo de la vida en perpetua evolución, referida al carácter cíclico de la evolución cósmica que comprende la muerte y la regeneración, cargada de sentido dinámico, se refleja claramente, en mi opinión, en la primera estrofa del poema y en el final, que alude a la esperanza que brota del corazón del poeta ante la visión de esa milagrosa rama verde, que ha brotado por efecto de la lluvia primaveral.

Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

[…]
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.



En cuanto al árbol como símbolo del ser humano, en Desolació Joan Alcover se ve a sí mismo como un árbol que un día fue frondoso y del que solo queda ahora el tronco vacío, desnudo y maltratado, con las ramas arrancadas, del que apenas queda rastro de su pasado esplendor.

Cada ferida mostra la pèrdua d'una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s'és mort.

Un símbolo alude siempre a otra realidad con la cual existe una correspondencia. Una realidad que percibimos de forma intuitiva y global, pues apunta directamente a la psique. Ello no impide un análisis desde la lógica. En cualquier caso, la racionalidad y el conocimiento de la anécdota biográfica constituyen una ayuda importante, pero no indispensable para que el símbolo adquiera sentido y significado. A un olmo seco y Desolació son dos bellos poemas que poseen un sentido por sí mismos, aunque lo ignoráramos todo de sus autores. Son creaciones literarias que trascienden lo biográfico para quedar fijadas en lo intemporal humano.