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martes, 16 de octubre de 2012

Poema del mes. Octubre: Pedro Salinas



¿Por qué Pedro Salinas es el gran poeta del amor en la literatura española del siglo XX? El amor es quizá el tema más trillado en la poesía, y seguramente lo seguirá siendo mientras exista el ser humano sobre el planeta, pero ¿qué tienen los versos de Salinas que son únicos, que llegan a cualquier lector y son a la vez de altísimo nivel literario?

Ya comenté en una entrada anterior la historia de amor entre el poeta y Katherine Whitmore que motivó la composición de la trilogía formada por La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento. En estos tres poemarios, pero especialmente en La voz a ti debida, se encierra toda una filosofía del amor, una metafísica de raíz claramente platónica de la vivencia del sentirse enamorado y la consideración de la mujer amada como un ser elevado e ideal. Un ser que se halla permanentemente en la luz, y el poeta, rendido enamorado, en la sombra, o incluso es sombra.

Junto a esta concepción idealizada del sentimiento amoroso, aparece la vivencia del amor como destino, como algo que uno no elige, sino que se es elegido.

Ser tocado por la gracia del amor, en el caso de Pedro Salinas, es penetrar en una nueva dimensión en la que es posible vivir una vida más verdadera, más real que la vivida hasta entonces. El encuentro con la persona amada, la que le elige, le convierte en un ser especial y único.

Si un día ese mágico hechizo del amor se rompe, si ella deja de quererle y se va, entonces el poeta enamorado se volverá otra vez anodino e insulso, regresará a la sombra y al no-ser. Y puede oírse el eco de aquella canción que dice: “Yo sin ti no soy nada…”

Que la lectura de este bonito poema os reporte un grato momento y os anime, si aún no la conocéis, a leer la obra La voz a ti debida. No os decepcionará.

Cuando tú me elegiste
-el amor eligió-      
salí del gran anónimo
de todos, de la nada.
Hasta entonces
nunca era yo más alto      
que las sierras del mundo.
Nunca bajé más hondo
de las profundidades      
máximas señaladas
en las cartas marinas.
Y mi alegría estaba
triste, como lo están      
esos relojes chicos,
sin brazo en que ceñirse
y sin cuerda, parados.      
Pero al decirme: “tú”
a mí, sí, a mí, entre todos-,
más alto ya que estrellas      
o corales estuve.
Y mi gozo
se echó a rodar, prendido
a tu ser, en tu pulso.      
Posesión tú me dabas
de mí, al dárteme tú.
Viví, vivo. ¿Hasta cuándo?      
Sé que te volverás
atrás. Cuando te vayas
retornaré a ese sordo      
mundo, sin diferencias,
del gramo, de la gota,
en el agua, en el peso.      
Uno más seré yo
al tenerte de menos.
Y perderé mi nombre,
mi edad, mis señas, todo      
perdido en mí, de mí.
Vuelto al osario inmenso
de los que no se han muerto      
y ya no tienen nada
que morirse en la vida.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Literatura comparada: una carta de Pedro Salinas

La idealización de la realidad -tema que Pedro Salinas analiza a fondo en su estudio sobre la poesía de Garcilaso de la Vega, poeta con el que sentía una gran afinidad-, se  materializa de una forma deliciosamente divertida en la carta que escribió a Katherine Whitmore  desde Santander el 30 de enero de 1933. Evidentemente, se trata de la carta de un hombre  para quien literatura y vida no tienen fronteras, son una misma cosa. En ella, la expresión de su amor y admiración por la belleza de la mujer que ama queda envuelta en los ecos del amor idealizado que don Quijote sentía por Dulcinea, “la sin par Dulcinea”. Cuando leí esta carta me vino a la mente  el capítulo cuarto de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, donde dice así don Quijote:
“- Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha.”
Momentos después se enfrenta con unos mercaderes exigiéndoles el reconocimiento de la belleza de su dama:
“- Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.”
Lo más de lo más. Lo que Katherine Whitmore fue también para el poeta. En su carta le comenta la sensación que le producen algunas de sus obligaciones profesionales, cuya importancia e interés quedan relegados a un segundo plano, porque para él lo más valioso y esencial es ella. Es en la expresión de esa esencialidad donde podemos reconocer esos ecos cervantinos, en los títulos que medio en broma y medio en serio otorga a su dama. Así como Dulcinea es Emperatriz de la Mancha, lugar real para don Quijote, Salinas concede a Katherine Whitmore títulos de importancia parecida, que aluden a lugares significativos en su biografía amorosa.
“[…] Estaré todo el día entre ese elemento odioso llamado las autoridades y que denota lo fácil que es gobernar un país cuando se deja regir por semejantes idiotas. De lejos le parece a uno, al cándido vulgo, que su gobernador, su alcalde, son seres infinitamente sabios y capaces, alumbrados de todas las virtudes. De cerca se ve que son pobres gentes mediocres abrumadas por un nombre. No es mi género. Prefiero cien veces la gente del pueblo, no adulterara, ignorante, espontánea, si tiene finura natural, a estos pseudo-todo: pseudo intelectuales, pseudo educados, pseudo gobernantes. Nunca escogeré mis amigos ni mis compañías por el lugar social ni por el renombre. No colecciono tipos del Who’s Who. Yo tengo el mío. Mi almanaque Gotha. Y en la primera página está el retrato de Her Mayesty Katherine Reding, con una larga serie de títulos [con] que yo la he discernido: Emperatriz del Atlántico, Presidenta de la República de Northampton, Gran Duquesa de Kansas, Princesa de Monte Esquinza, fundadora de Toledo, de Alicante, de Tarragona y Barcelona, restauradora de Madrid, Papisa, in partis infidelibus, de Santander, Sirena Mayor del Mediterráneo, descubridora del Peñón, monarca de las Amazonas mecánicas (vulgo automovilista), benefactora de Smith College y otras instituciones de enseñanza que ha honrado con su presencia, estrella fugaz del curso de Madrid, representante auténtica de la Mitología y la Fábula en el mundo de hoy, marquesa de Bremen, condesa de Majestic, baronesa de Aquitania, poseedora en exclusiva a perpetuidad con patente para América y España de los ojos más bonitos, de la boca más bonita, del cuerpo más bonito, del alma más bonita, y del hombre más tonto (que suscribe y se honra con este título) del mundo. ¿Qué te parece la primera página de mi Who’s Who? Aún queda más. Y luego, dejo cien páginas en blanco para guardar la debida distancia entre tú, los demás, y aislar a tan gran dama de toda proximidad o cercanía con lo humano lateral. ¡Pero qué de bobadas te estoy diciendo, darling mía! Qué modo de empezar un día oficial. ¡Si lo supieran todos estos tipos que se creen importantes y que me tendrán por un señor formal! No saben que tengo mi alegría nueva, mi gozo oculto, mi vacación interior, mi juego, mi divino juego, el más serio de todos y el más jubiloso de todos, mi amor a ti, todo, tu 
                                                                                                                                                                  Pedro"
[Pedro Salinas, Cartas a Katherine Whitmore. Tusquets. Barcelona, 2002. Edición y prólogo de Enric Bou.]

viernes, 16 de septiembre de 2011

Pedro Salinas: Cartas a Katherine Whitmore

La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento constituyen la trilogía que da forma poética a la relación de amor y de amistad entre Pedro Salinas y Katherine Whitmore entre 1932 y 1947. Desde 2002 contamos con un documento precioso y clarificador del sentido de los tres poemarios: las cartas que Pedro Salinas envió a esta mujer que llegó a convertirse en la inspiradora de muchos de los más bellos poemas de amor de la literatura española contemporánea. Este epistolario publicado por Tusquets, editado y prologado por el profesor Enric Bou, contiene también un apéndice con un texto de la propia Katherine Whitmore en el cual explica las circunstancias de su relación con Salinas.
Durante muchos años la crítica literaria había especulado larga e infundadamente sobre la existencia de una mujer real detrás de los versos de los libros que componen la famosa trilogía. Muchos críticos consideraban que Pedro Salinas se refería bien a su esposa, bien a una amada imaginaria. Muy pocos amigos –entre ellos Jorge Guillén- estaban al corriente de la relación entre Salinas y  Katherine Whitmore, joven profesora norteamericana y mujer real a quien el poeta conoció en Madrid en 1932.
Esta relación sentimental fue en buena parte epistolar, pues entre 1932 y 1947 se vieron en contadas ocasiones. Es decir, que tanto la obra poética formada por la trilogía como el epistolario que materializa esta apasionada relación amorosa tienen un importante componente mental, por no decir imaginario, que no creo que fuera un adjetivo apropiado. Lejos de la mujer que ama, la mente del poeta enamorado  sublima y recrea con la palabra el sentimiento, la emoción, la exultante felicidad, la tristeza, la añoranza, la duda, la exaltación, el dolor… La ausencia magnifica y eleva la imagen de la mujer amada en la distancia y el recuerdo. Transcribo un fragmento de la carta 79, fechada en Madrid, del 28 de febrero de 1933:
“¿Conque tus amigos se quejan de no verte? Lo mismo me pasa a mí. Me encuentran cambiado, desigual, preocupado a veces, alegre sin motivo aparente otras. Y es, claro, que ignoran toda mi vida nueva e invisible. Ignoran todos esos hilos, tan sensibles y tan indestructibles que me unen con un ser amado, y que tú tienes en tu mano. Esos hilos tiran de mí, me ponen en pie, otras veces se aflojan, me debilito. Todo sigue la alternativa de color y esperanza con que nuestro amor me apresa por el alma. Es curioso, nunca me pasó esto de tener las razones de vivir más poderosas tan lejos, tan invisibles. No estar alegre o triste por el color del cielo que vemos al levantarnos, por nuestros actos del días, sino por motivos sin color ni cuerpo, por causas aéreas, inaprehensibles, sin materia, como sombra. En torno mío tengo, sí, algunas razones para estar más o menos contento, sobre todo para estar menos (recuerda los disgustos de los días pasados), pero lo que decide el temple de mi alma, la orden final, el rumbo decisivo hacia la alegría o el desánimo, viene siempre del otro lado del mar, de ti. Y no son sólo tus cartas, no, las que juegan con mi alma como el mar con su agua (un día a serenidad y azul, otro a tormenta y gris), no, sino mis figuraciones sobre nuestro amor, sobre su estado presente y su futuro. Me doy cuenta de su infinita delicadeza, su fuerza y su fragilidad, al mismo tiempo.”
Jorge Guillén contribuyó a que se salvara esta colección de cartas, pues logró vencer las reservas de la destinataria ante la posibilidad de que fueran publicadas. Así, Katherine Whitmore en 1979, tres años antes de morir, las donó a la Houghton Library de la Universidad de Harvard. Han podido ser consultadas desde 1999. Se han perdido las que Katherine envió a Pedro Salinas y, por tanto, solo conocemos una parte de esta historia.
Este epistolario no es tan solo un documento interesante para los estudiosos de la literatura, es en sí una preciosa obra literaria y un documento humano de primer orden. En muchas ocasiones cartas y poemas forman un todo. Algunas cartas poseen el valor de un poema y algunos poemas tienen su eco en las cartas. Son una delicia, son maravillosas. Llenas de anécdotas y de análisis nunca aburridos de los sentimientos del poeta. Es el despliegue de lo que un amor apasionado provoca en un espíritu sensible y cultivado, hasta el punto de que esas cartas contienen toda una filosofía del amor, al igual que la contienen los poemas de La voz a ti debida.
Si algún devoto de Salinas no ha leído aún estas cartas, ¡que lo haga cuanto antes! Leerlas implica seguir la historia de amor entre el poeta y su amante, conocer las vicisitudes de esta relación. Cada carta es una pequeña joya literaria de profundo valor humano. Leer estas cartas es un placer, es disfrutar de esos buenos momentos que son un regalo para los amantes de la lectura y de la poesía.