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domingo, 3 de julio de 2016

La resurrección de Lázaro en la poesía. Luis Cernuda y Ponç Pons


He leído el último libro del poeta menorquín Ponç Pons, Camp de bard. Obra magnífica, como era esperable, en la que encontramos un capítulo titulado "Versions  d’Història Sagrada". El poema XIV-"Llàtzer" pertenece a este apartado. Un texto de otro gran poeta, Luis Cernuda, lleva el mismo título, "Lázaro", incluido en Las nubes (1937-1940). La lectura del primero me hizo sentir el eco del segundo y me invitó a releerlo y a compararlos.

En ambos textos  la voz del yo poético es la de Lázaro. El milagro de la resurrección es relatado desde la percepción del propio Lázaro. ¿Cómo se enfoca el tema de la resurrección? ¿Cómo se siente Lázaro en la muerte? ¿Qué supone para él el retorno a la vida?

"Lázaro" de Cernuda es un poema largo, de 12 estrofas, en el que el personaje comienza refiriéndose a lo que le explicaron de su propia resurrección: “Así lo cuentan ellos que lo vieron”.

A partir de la segunda estrofa Lázaro se demora en la evocación de sus recuerdos de la resurrección, en las sensaciones de su cuerpo y de su alma. La muerte es un suelo en el que está depositado y el milagro es el despertar forzado que le arranca de la tierra fría devolviéndole la tibieza en la sangre: “Era otra vez la vida”. Una vida que Lázaro ya no desea. Sumido aún en el sueño de la muerte entreoye algo de “nuevo nacimiento”, que para él no es tal. Siente cómo le desamortajan y el golpe duro de la luz del sol. Le inunda el deseo de quedarse dónde estaba, de regresar a la muerte.

“La luz me remordía
y hundí la frente sobre el polvo
al sentir la pereza de la muerte "(v 47-49)

Entre los testigos del milagro de la resurrección, al comenzar el día y apagarse la llama que ilumina la escena, se hace patente la presencia de Jesús, a quien no se nombra:

Entonces, hondos bajo una frente, vi unos ojos
llenos de compasión, y hallé temblando un alma
donde mi alma se copiaba inmensa,
por el amor dueña del mundo.” (v 65-68)

Lázaro no puede resistirse a su llamada: “Y en mí no estaba ya sino seguirle”( v 78). Sin embargo, vivir es ahora un esfuerzo. La vida carece de aliciente y estando otra vez vivo, se siente muerto. Vivir es una carga pesada para la que Lázaro no se siente con fuerzas y por eso reza pidiendo ayuda para soportarla y cumplir la función para la que es requerido.

Trabajando, no por mi vida ni mi espíritu,
mas por una verdad en aquellos ojos entrevista

La confianza en esa verdad entrevista en la mirada de Jesús le lleva a compararse con el lirio del campo que germinando bajo tierra un día estalla en la gloria de la luz. Digamos, en suma, que Lázaro de Cernuda acepta la carga de la vida porque en su corazón ha prendido la llama del mensaje trasmitido por los ojos de Jesús.

"Llàtzer" de Ponç Pons es un poema breve, de dos estrofas de 8 y 7 versos respectivamente. Rezuma rebeldía del hombre que ha hallado un horizonte más amable en la muerte, de la que Dios le ha obligado a salir:

I m’adon que no tenc
més futur que la vida.”

Visión desencantada y nihilista de la vida, consciencia de la nada después de la muerte, percepciones terribles transmitidas con unas breves y punzantes palabras:

i ara sé, descregut,
que després de la mort
tot és fosca i oblit,
no hi ha res més que absència”.

No hay encuentro  con otro ser capaz de lograr que Lázaro realice el esfuerzo de vivir; no hay mensaje ni luz, solo la nada, el no ser, “absència”.

A pesar de las diferencias formales y de enfoque entre los dos poemas, ambos tienen en común la idea de la muerte como un bienestar del que Lázaro es arrancado en contra de su voluntad por la fuerza del milagro. En "Llàtzer" la divinidad actúa como fuerza omnipotente al margen del ser humano, a quien somete a su capricho. No es un dios entre las personas, como el Jesús no nombrado del poema de Cernuda, ni hay una apuesta por el hombre que merezca el sacrificio o la entrega a un ideal.

Entiendo que el tema, el personaje bíblico de Lázaro, es utilizado por ambos poetas a modo de símbolo que encarna, desarrolla y representa de forma muy distinta tres visiones: la de la vida, la de la muerte y la de la divinidad. En el poema de Ponç Pons el hombre está solo en la tierra y en el paisaje. La divinidad es algo ajeno y hostil. Para Cernuda, el ser que obra el milagro de la resurrección es alguien con un proyecto por el que Lázaro realiza el esfuerzo de vivir.

Los textos de Luis Cernuda y de Ponç Pons se insertan en la tradición literaria universal que encuentra inspiración en los libros, temas o personajes de la Biblia. Unas obras nos conducen a otras. ¿Por qué no leer el texto bíblico sobre el milagro de la resurrección de Lázaro en el Evangelio de San Juan? Es interesante adentrarse un poco en el relato evangélico que da pie a la recreación literaria de este personaje y a su transformación en símbolo de algo que trasciende una creencia religiosa  porque alude a la condición humana y sus inquietudes intemporales.


martes, 29 de julio de 2014

Poema del mes de julio. Literatura comparada: la muerte de los niños en Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado

La figura de los niños en la poesía no siempre tiene tintes idílicos o lúdicos. A veces los autores destacan las facetas más duras, como el dolor, la soledad o la indefensión. William Blake, por ejemplo, trató el tema de la explotación infantil en los poemas dedicados a los pequeños deshollinadores,  pertenecientes a  Songs of Innocence and of Experience. Otras veces será la muerte de un niño la idea central de la composición. La muerte de un niño es la de un ser humano, tenga este la edad que sea, pero lo infantil va unido en nuestra sensibilidad a lo tierno y lo frágil y por esta razón nos impacta más. La vida de un niño es una vida por vivir, inocente aún. El niño inspira simpatía y cariño y cualquier persona sensible es consciente de la indefensión en que se halla por su tierna edad y por su falta de experiencia de la vida.

En este sentido, hay dos poemas que siempre que siempre me impresionan hondamente: La carbonerilla quemada, de Juan R. Jiménez y La muerte del niño herido, de Antonio Machado. Ambos transmiten un profundo sentido trágico y un sentimiento de dolor por la injusta muerte de dos criaturas inocentes.

 La carbonerilla quemada, poema que figura en la Segunda antolojía poética (1898-1918), pertenece a la obra Historias (1908-1912). Siguiendo la tradicional clasificación de la obra de Juan R. Jiménez en tres etapas, situaríamos este poema en la primera época o sensitiva, que abarca los poemas compuestos entre 1898 y 1915. La muerte del niño herido, de Antonio Machado forma parte de las Poesías de la guerra, compuestas entre 1936 y 1939.

En el poema de Juan R. Jiménez la imagen poética y la personificación trazan el dramático cuadro de la tragedia: se produce un incendio y la carbonerilla resulta malherida, medio abrasada. El leve esbozo argumental destaca la indefensión y la soledad de la niña ante la ausencia de la madre, a la que llama en vano desesperadamente y que no puede socorrerla a tiempo.

LA CARBONERILLA QUEMADA

En la siesta de julio, ascua violenta y ciega,                        
prendió el horno las ropas de la niña. La arena                
quemaba cual con fiebre; dolían las cigarras;                    
el cielo era igual que de plata calcinada.                              
...Con la tarde, volvió -¡anda, potro!- la madre.                              
El pinar se reía. El cielo era de esmalte                 
violeta. La brisa renovaba la vida...                        
La niña, rosa y negra, moría en carne viva.                         
Todo le lastimaba. El roce de los besos,                              
el roce de los ojos, el aire alegre y bello:                            
-«Mare, me jeché arena zobre la quemaúra.                   
Te yamé, te yamé dejde er camino... ¡Nunca                   
ejtubo ejto tan zolo! Laj yama me comían,                        
mare, yo te yamaba, y tú nunca benía!»             
Por el camino -¡largo!- sobre el potrillo rojo,                    
murió la niña. Abiertos, espantados, sus ojos                  
eran como raíces secas de las estrellas.                              
La brisa jugueteaba, ensombrecida y fresca.                    
Corría el agua por el lado del camino.                   
Ondulaba la yerba. Trotaban los pollinos,                           
oyendo ya los gritos de los niños del pueblo...                 
Dios estaba bañándose en su azul de luceros.

En estilo directo, la voz de la niña quemada hablándole a su madre cuando regresa, expresa el horror de la soledad más radical ante el dolor causado por las quemaduras. La pequeña carbonerilla fallece por el camino. Desolación. La brisa fresca, el agua, la hierba, las voces de los niños del pueblo son el contrapunto de la vida frente a la muerte.

El último verso, demoledor, evidencia el abandono de la niña víctima del fuego: Dios no se ocupó de ella, “estaba bañándose en su azul de luceros.”

En cuanto a La muerte del niño herido, es, para mí,  la mejor composición del grupo Poesías de la guerra. Concentra una carga dramática sin igual con respecto a las otras. El niño del poema machadiano es cualquier niño herido en cualquiera de las muchas guerras que hay en el mundo. Los noticiarios nos muestran cada día imágenes terribles de niños heridos o muertos por la ciega violencia de los adultos.

 LA MUERTE DEL NIÑO HERIDO

Otra vez es la noche... Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!
—Duerme, hijo mío. Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;
fuera la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.
—¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!

El niño delira en la noche por la fiebre, que le hace ver alucinaciones. El estilo directo, como en La carbonerilla quemada, potencia el dramatismo de la escena. La visión del niño -el pájaro amarillo y las mariposas negras y moradas- y las palabras dolientes de la madre nos dejan con el corazón encogido. La luna, ajena al drama, brilla con su luz blanca en la noche de guerra. El último verso, aquí también, dice lo irremediable: la fría muerte.

Este triste y bellísimo poema es más fuerte y más expresivo que cualquier alegato teórico en contra de las guerras.

 En resumen, y para terminar, nuestros dos poetas, al escoger el tema de la muerte de los niños, eligieron también contar con la figura de la madre como personaje antagónico que no puede impedir la muerte, tan solo sufrirla. Como recursos especialmente expresivos el estilo directo y el contraste entre el dolor que impregna las escenas y la impasibilidad de la divinidad y de la naturaleza.



viernes, 8 de noviembre de 2013

Literatura comparada. El simbolismo del árbol en Antonio Machado y Joan Alcover

Comentando con mis alumnos el poema A un olmo seco, de Antonio Machado (Sevilla, 1875 – Colliure, 1939), me vino a la memoria Desolació, del poeta mallorquín Joan Alcover (Palma, 1854 -1926). Ambos poetas toman el motivo del árbol para expresar a través de él su sentir en una dolorosa situación personal que les afectaba en lo más hondo de su alma.

Hay símbolos que son universales, que pertenecen al bagaje mental, emocional y cognitivo del ser humano de cualquier época y cultura, y que forman parte de eso que se suele denominar el inconsciente colectivo. El árbol es uno de ellos. Su simbólica es extraordinariamente rica y diversa, tal como se expone en el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant. Este apunte que hoy os dejo aquí intenta recoger tan solo un ejemplo de los valores expresivos y simbólicos del motivo del árbol.

Antonio Machado y Joan Alcover fueron coetáneos. Ambos, hombres de vasta cultura, ambos, figuras destacadas en la sociedad de su tiempo. Aunque su entorno social y cultural fue muy distinto, sin duda la influencia del Simbolismo sobre sus obras fue poderosa. Una muestra de ello son estos dos bellos y emotivos poemas, compuestos los dos a raíz de sendas tragedias personales.

A un olmo seco pertenece al grupo de poemas incluidos en la edición de Campos de Castilla de 1917. Este en concreto forma parte del ciclo de Leonor, en el cual el poeta vierte la dura vivencia de la enfermedad y muerte de su joven esposa. Machado compuso el  poema en 1912, cuando Leonor se encontraba ya gravemente enferma y acabaría falleciendo poco después. Del olmo seco, un árbol que parece ya sin vida y su madera a punto de ser aprovechada para diversos menesteres o de ser pasto de las llamas,  brota con la lluvia de abril, como un milagro, una rama verde.

A un olmo seco

Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

  ¡El olmo centenario en la colina 
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina 
al tronco carcomido y polvoriento.
 No será, cual los álamos cantores 
que guardan el camino y la ribera, 
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera 
va trepando por él, y en sus entrañas 
urden sus telas grises las arañas.
  Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana, 
lanza de carro o yugo de carreta; 
antes que rojo en el hogar, mañana, 
ardas en alguna mísera caseta, 
al borde de un camino; 
antes que te descuaje un torbellino 
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,  
olmo, quiero anotar en mi cartera 
la gracia de tu rama verdecida. 
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.

En Desolació, poema perteneciente al libro Cap al tard, Joan Alcover utiliza la figura del árbol como metáfora y símbolo de sí mismo después de perder a su primera esposa y a cuatro de sus cinco hijos. Un repaso a su biografía nos permite hacernos una idea de la crueldad con que le trató la vida al arrebatarle brutalmente a sus hijos. Joan Alcover se casó por primera vez con Rosa Pujol con quien tuvo tres hijos: Pere, Teresa  y Gaietà, fallecido en 1887. Volvió a casarse en 1891 con María del Haro, con la cual tuvo dos hijos: Maria y Pau. En 1905 murió su hija Teresa de tuberculosis; en 1905 murió Pere de tifus; en 1919 mueren en una misma noche María en Mallorca y Gaietà en Barcelona. De todos sus hijos solamente le sobrevivió Pau.

DESOLACIÓ

Jo só l'esqueix d'un arbre, esponerós ahir,
que als segadors feia ombra a l'hora de la sesta;
mes branques una a una va rompre la tempesta,
i el llamp fins a la terra ma soca mig-partí.
Brots de migrades fulles coronen el bocí
obert i sens entranyes que de la soca resta;
cremar he vist ma llenya; com fumerol de fesa,
al cel he vist anar-se'n la millor part de mi.
I l'amargor de viure xucla ma rel esclava,
i sent brostar les fulles i sent pujar la saba,
i m'aida a esperar l'hora de caure un sol de conhort.
Cada ferida mostra la pèrdua d'una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s'és mort.

En estos dos poemas quedan recogidas dos de las múltiples interpretaciones de este tema simbólico: el árbol como símbolo de vida y de regeneración  y el árbol como símbolo del ser humano.

La primera de ellas, en A un olmo seco, el árbol como símbolo de la vida en perpetua evolución, referida al carácter cíclico de la evolución cósmica que comprende la muerte y la regeneración, cargada de sentido dinámico, se refleja claramente, en mi opinión, en la primera estrofa del poema y en el final, que alude a la esperanza que brota del corazón del poeta ante la visión de esa milagrosa rama verde, que ha brotado por efecto de la lluvia primaveral.

Al olmo viejo, hendido por el rayo 
y en su mitad podrido, 
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

[…]
Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.



En cuanto al árbol como símbolo del ser humano, en Desolació Joan Alcover se ve a sí mismo como un árbol que un día fue frondoso y del que solo queda ahora el tronco vacío, desnudo y maltratado, con las ramas arrancadas, del que apenas queda rastro de su pasado esplendor.

Cada ferida mostra la pèrdua d'una branca:
sens jo, res parlaria de la meitat que em manca;
jo visc sols per plànyer lo que de mi s'és mort.

Un símbolo alude siempre a otra realidad con la cual existe una correspondencia. Una realidad que percibimos de forma intuitiva y global, pues apunta directamente a la psique. Ello no impide un análisis desde la lógica. En cualquier caso, la racionalidad y el conocimiento de la anécdota biográfica constituyen una ayuda importante, pero no indispensable para que el símbolo adquiera sentido y significado. A un olmo seco y Desolació son dos bellos poemas que poseen un sentido por sí mismos, aunque lo ignoráramos todo de sus autores. Son creaciones literarias que trascienden lo biográfico para quedar fijadas en lo intemporal humano.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Literatura comparada: Giacomo Leopardi y Gustavo A. Bécquer



Cada uno es hijo de su tiempo. Los artistas y los  escritores son quizá los seres más sensibles al clima que se respira en cada momento histórico. Son como espejos que reflejan todo un mundo. Esto que llamamos tendencias  y movimientos literarios, estas etiquetas con que clasificamos el vivir humano entre unas fechas más o menos concretas, es siempre algo a posteriori. Cuando todo ha pasado, se observa, se lee, se estudia  y se somete a un proceso de abstracción del que resulta una caracterización de los períodos artísticos o literarios.

El Romanticismo, este movimiento que ha sido seguramente uno de los más influyentes en la cultura occidental y cuyo eco nos sigue alcanzando aún, cuenta con escritores y artistas que se caracterizaron por ser personas inquietas,  que vivieron siempre buscando otra cosa distinta de lo que les había tocado vivir, algo muchas veces inefable,  incomunicable, si no era a través de la expresión artística. Ciertos poemas y pinturas de la época romántica, obras como las de Giacomo Leopardi o Bécquer en el ámbito literario y las de Caspar David Friedrich  en el artístico, expresan un profundo sentimiento ante la experiencia trascendente de la fusión  con la naturaleza. 

C.D Friedrich, Monje junto al mar
En los inicios del movimiento romántico empieza a producirse un trasvase de los poderes de la divinidad desde lo sagrado a lo profano. La naturaleza y el paisaje adquieren valor de símbolos de lo divino. El hombre romántico, en su búsqueda de trascendencia, encuentra en la experiencia de la contemplación del paisaje la vivencia de lo sagrado. La naturaleza será en el Romanticismo un importante motivo de inspiración por su condición de símbolo. Carl Gustav Carus, un discípulo del pintor alemán C.D. Friedrich (1774-1840), escribió lo siguiente, según cita de Robert Roseblum en su obra La pintura moderna y la tradición del Romanticismo nórdico, en una de sus cartas sobre el paisaje: 

“… Cuando el hombre, percibiendo la inmensa magnificencia de la naturaleza, nota su propia insignificancia y, sintiéndose a sí mismo en Dios, penetra en ese infinito y abandona su existencia individual, entonces su rendición es una ganancia más que una pérdida. Lo que de otra manera sólo ven los ojos del espíritu, aquí se hace casi literalmente visible: la unidad con el infinito del Universo…

El deseo de anegarse o de perderse en algo más grande que uno mismo, en la maravilla o en lo sobrecogedor que a veces puede contener la naturaleza, el deseo de trascendencia y la búsqueda de lo absoluto lo expresan en momentos distintos los poetas Giacomo Leopardi y Gustavo Adolfo Bécquer, pues aunque ambos pertenecen al movimiento romántico, por las fechas de nacimiento y muerte,  vemos que les separan muchos años. 

Giacomo Leopardi (1798- 1837), poeta italiano del Romanticismo, es autor de un breve poema titulado "El infinito", que transcribo a continuación, junto con el texto original en italiano. El infinito expresa la vivencia del poder sobrenatural y misterioso de la naturaleza y el deseo del poeta de  perderse en su inmensidad, como quien perece en un naufragio. Esa destrucción del yo no es sentida como algo negativo o trágico, sino muy dulce y agradable, tanto, que adquiere tintes de experiencia mística.



EL INFINITO
 Siempre caro me fue este collado
yermo y este seto, que de tanta parte
del último horizonte la vista excluye.
Mas sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de aquellos, y sobrehumanos
silencios, y profundísima calma
en mi mente imagino;  tanto, que casi el
corazón se me estremece. Y si del viento
oigo el susurro entre estas plantas, yo aquel
infinito silencio y esta voz
voy comparando; y acuérdome de lo eterno,
y de las estaciones muertas, y de la presente
y viva, y su sonido. Así, en esta
inmensidad mi pensamiento anega,
y el naufragar me es dulce en este océano.

 L’INFINITO
«Sempre caro mi fu quest'ermo colle,
e questa siepe, che da tanta parte
dell'ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e mirando, interminati
spazi di là da quella, e sovrumani
silenzi, e profondissima quïete
io nel pensier mi fingo, ove per poco
il cor non si spaura. E come il vento
odo stormir tra queste piante, io quello
infinito silenzio a questa voce
vo comparando: e mi sovvien l'eterno,
e le morte stagioni, e la presente
e viva, e il suon di lei. Così tra questa
immensità s'annega il pensier mio:
e il naufragar m'è dolce in questo mare»
(Giacomo Leopardi)

Gustvavo A. Bécquer (1836-1870), poeta español del Romanticismo tardío, cultiva en sus Rimas este mismo tema, al que incorpora un nuevo enfoque, pues detalla de forma más directa que Leopardi esa experiencia de lo sobrenatural.  En la rima VIII el poeta expresa su deseo de disolverse en la niebla y anegarse en la luz de las estrellas, afán que en él aparece unido a la conciencia de llevar algo divino en su interior. Desde este punto de vista, la divinidad se hallaría en todo cuanto compone el Universo: el ser humano disuelto en el Cosmos con la sensación de llevar en si algo de la naturaleza divina.


¡Cuando miro el azul horizonte
perderse a lo lejos,
al través de una gasa de polvo
dorado e inquieto;
me parece posible arrancarme
del mísero suelo
y flotar con la niebla dorada
en átomos leves
cual ella deshecho!

Cuando miro de noche en el fondo
oscuro del cielo
las estrellas temblar como ardientes
pupilas de fuego;
me parece posible a do brillan
subir en un vuelo,
y anegarme en su luz, y con ellas
en lumbre encendido
fundirme en un beso.

En el mar en la duda en que bogo
ni aún sé lo que creo;
sin embargo estas ansias me dicen
que yo llevo algo
divino aquí dentro.

En ambos poemas se borran las fronteras entre lo natural y lo sobrenatural, entre el yo y la naturaleza.

jueves, 7 de junio de 2012

Literatura comparada: poemas de Juan Ramón Jiménez y Gibrán Jalil Gibrán

No puedo decir que Juan Ramón Jiménez sea uno de mis poetas favoritos, pero me agradan especialmente algunos de sus poemas. Hay uno concretamente, “El viaje definitivo”, que pertenece al libro Poemas agrestes (1910-1911) que siempre que lo leo me causa una honda impresión. A veces, cuando me siento un rato en el jardín y me pierdo en la belleza de la luz y el color, o cuando me sumerjo en la visión de un paisaje, no puedo evitar recordar este poema. Me devuelve a la consciencia de que estamos aquí de paso, como todos los seres vivos, que nada es realmente nuestro, que un jardín o un paisaje seguirán ahí cuando ya no vivamos para contemplarlos. Pero  no se trata de ponerse pesimistas y melancólicos, sino de apreciar  dos textos literarios que tratan un mismo asunto poético. El segundo poema pertenece al poeta libanés Gibrán Jalil Gibrán y abre su libro Arena y espuma.

Estos dos poetas nacieron en fechas próximas y ambos murieron lejos de su país de origen:  Juan Ramón Jiménez  nació en Moguer (Huelva) en  1881 y murió en San Juan de Puerto Rico en 1959;  Gibran Jalil Gibran nació en Bisharri (Líbano) en  1883 y falleció en Nueva York en  1931. Pertenecen, por tanto, a una misma época histórica, pero sus raíces culturales y sus lenguas son distintas,  así como sus experiencias vitales. Ello no impide que en su producción literaria aborden un mismo tema, la fugacidad de la vida humana, el conocido tópico literario tempus fugit.  Los tópicos literarios tienen la particularidad de ser casi universales, pues son esquemas de pensamiento y de dicción que expresan circunstancias de la condición humana, sea cual sea la cultura y la época histórica en la que se dan.

La dolorosa conciencia de la finitud del ser humano surge a menudo al contemplar la belleza del mundo que nos rodea. Aquello tan hermoso  es percibido como más perdurable  que nosotros en tanto que seres vivos. Entonces surge la punzada de dolor que deja un rastro de melancolía. Eso mismo, me parece a mí, es lo que nos dicen Juan Ramón Jiménez y Gibrán Jalil Gibrán en estos dos poemas.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: El VIAJE DEFINITIVO

…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas la tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado.
mi espíritu errará, nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando
 
                                   Poemas agrestes (1910-1911)


GIBRÁN JALIL GIBRÁN

Eternamente voy vagando en estas playas
entre la arena y la espuma.
La pleamar borrará las huellas de mis pies
y el viento la espuma.
Pero el mar y la playa
serán eternamente.


El esquema de dicción es casi el mismo. En el caso de “El viaje definitivo” las expresiones “y yo me iré” y “y se quedarán los pájaros cantando" dotan al poema de una estructura encuadrada en cuyo interior se detalla todo cuanto el poeta ama y perderá al desaparecer. En el poema de Gibrán, la mención de lo que permanecerá cuando se desvanezca todo rastro del poeta aparece al final. En mi opinión, el poema de Juan Ramón Jiménez posee una mayor carga emotiva por la enumeración y la repetición final de las cosas que ama. El de Gibrán tiene quizá un sentido más cósmico, al expresar la integración del ser humano en la naturaleza. En suma, dos bellos poemas que nos invitan a la reflexión.

En cuanto a los dos poetas,  añado un breve apunte biográfico y contextualizador para quienes tengáis la paciencia de seguir leyendo un poco más.  Me interesaba destacar lo que ambos poemas tienen en común, pero sin hacerme muy pesada. 

Juan Ramón Jiménez, hijo de una familia de comerciantes de clase media,  empezó su andadura literaria en el Modernismo, siguió una amplísima trayectoria en la cual evolucionó hacia la poesía pura e intelectual  que culminó en 1956 con la concesión del Premio Nobel de Literatura. Su lengua fue siempre el español. El motivo de su cambio de residencia fue el exilio en 1936 al estallar la Guerra Civil. Juan Ramón Jiménez es un poeta que pertenece completamente al ámbito de la cultura europea y occidental.

Gibrán Jalil Gibrán, nacido en una familia maronita muy humilde, emigró con su madre y sus hermanos a Boston en 1895, cuando tenía doce años. Aunque su lengua materna fue el árabe, la experiencia de la emigración motivó que en su adolescencia no llegara a dominarla, por lo que regresó a Líbano para aprender mejor el idioma. Pasados cinco años regresó a Estados Unidos. En 1911 se trasladó a Nueva York, donde trató de ganarse la vida con el dibujo y la pintura y consiguió mejorar su posición económica. Entre 1911 y 1918 su lengua literaria es el árabe, pero a partir de 1918 y hasta 1931 publicó ocho obras en inglés, entre las que se encuentran El Loco (1918), El Profeta (1923) –su obra más importante- y Arena y espuma (1923). Gibrán cultivó todos los géneros literarios. En su formación cultural se integran Oriente y Occidente haciendo de él un escritor con un estilo único, personal e inconfundible. Su poesía es deudora de sus creencias en el panteísmo, en la fuerza constructiva del amor y de la tolerancia. A ello hay que añadir la influencia sufí y la  del poeta William Blake. La  vida en Estados Unidos le dio a conocer conceptos y enfoques políticos y sociales que no habría conocido en su país y que impregnan buena parte de su obra.