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domingo, 19 de febrero de 2012

Montserrat Roig: L'agulla daurada


Acabo de terminar L’agulla daurada, de la escritora y periodista catalana Montserrat Roig. El 10 de noviembre de 2011 se cumplieron veinte años de su temprana muerte, a los cuarenta y cinco años de edad. El mejor recuerdo que podemos dedicar a un escritor es leerlo, introducirnos en su mundo a través de la palabra escrita.
L’agulla daurada evoca a través de testimonios el sitio de Leningrado, actual San Petersburgo, por las tropas nazis entre 1941 y 1943. El origen de esta obra se halla en la invitación de Ediciones Progreso de Moscú a la escritora en 1980 para que escribiera un libro reportaje sobre el sitio de la ciudad. Montserrat Roig permaneció allí durante dos meses recogiendo testimonios, documentándose, entrevistándose con supervivientes del asedio. El resultado de aquel viaje y de los contactos que allí mantuvo con las personas que aceptaron revivir los dolorosos recuerdos de aquella tragedia fue esta obra que es a la vez muchas cosas: un viaje en el tiempo, un documento humano e histórico de primer orden, una evocación de momentos y personajes esenciales de la cultura rusa, que en aquel entonces se denominaba soviética, y un texto literario magnífico.
El libro se divide en tres partes. En la primera, titulada “El segon Rasputín” la autora llega a San Petersburgo y conoce a su primer guía, un joven ruso llamado Nikolai, un peculiar intérprete que rara vez está sobrio. Nikolai la acompaña al principio de su estancia en la ciudad y en sus primeros contactos con algunas personas que aportarán su testimonio. Pinceladas de la vida cotidiana soviética de 1980, evocación histórica de la fundación de San Petersburgo y de la monumentalidad y la belleza de la ciudad, recuerdos del gran poeta Pushkin, presencia constante a lo largo del libro, son el preámbulo de todo cuanto sigue en la segunda y en la tercera parte. “Petersburg”, la segunda parte, evoca la figura de Dostoievski y nuevamente la de Pushkin y la historia de su casamiento y su muerte en un duelo. Además, un nuevo guía acompaña a la escritora. Finalmente, en la tercera parte, "Les criatures de l’infern", comienza realmente el relato de los testimonios del sitio de Leningrado.
“A poc a poc, vaig entrar dins l’infern dels records dels altres. La ciutat blanca es tornà tenebrosa. I la gent adulta que caminava ara pels carrers tenien per a mí el rostre dur i tallant de la memòria.
Em vaig adonar que hi havia dues clases distintes de testimonis del bloqueig: els que t’explicaven la Història gran –que sovint et treu el passat com un tros de lluç del congelador- i els que es referien als fets de cada dia i t’acostaven al present.”
Los habitantes de Leningrado no contemplaban la posibilidad de verse envueltos en una guerra hasta que Hitler atacó la URSS por sorpresa entre el 21 y el 22 de junio de 1941.
Diuen que l’estiu de 1941 va fer molta xafogor i que el sol picava fort. Però cap al 9 d’agost començaren a bufar els vents tardorals, que sovint arriben per ponent, I la temperature disminuí de manera sensible. Als parcs hi havia una tofa de fulles mores que el vent arrossegava. I, de lluny, se sentía un brogit somort: era la guerra que avançava cap a les terres del nord.“
Pero no puede decirse que tuvieran la guerra a las puertas de su casa hasta que el ejército alemán rodeó la ciudad para derrotarla condenando a la población a morir de hambre. La crónica de Montserrat Roig sobre el cerco de Leningrado es la crónica del hambre y de la muerte, pero también la de la dignidad y  la de la resistencia heroica de miles de rusos. Resistencia para no dejarse morir, para salvar a sus familias, a sus amigos, a los demás, en una palabra. Muchas personas a pesar del hambre mortal, de la desnutrición, de la carencia total de fuerzas, aún encontraban en sí mismos un último aliento para  colaborar con la ciudad para hallar comida donde fuera. Según las cifras que los soviéticos aportaron al tribunal de Nuremberg, en Leningrado murieron de hambre 632.000 personas.
L’agulla daurada contiene muchas historias personales, fruto de las entrevistas de Montserrat Roig con las personas que accedieron a relatar sus experiencias. Cada vida contada es una lección de humanidad, como la de la poetisa Olga Berggolts o la de Raïsa Livovskaia, por citar dos ejemplos. Quienes sobrevivieron al bloqueo de Leningrado fueron una generación marcada por el hambre y la destrucción y -lo más terrible-  por haber sido testigos de grandes crueldades contra niños y contra hombres y mujeres civiles, totalmente indefensos. Los supervivienes sufrieron daños físicos irreversibles, daños psicológicos y mentales que no se borrarían jamás.
En mi opinión, L’agulla daurada constituye un testimonio impresionante de la intrahistoria de la que hablaba Unamuno, o lo que es lo mismo, de la verdadera historia, esa que no cuentan los manuales ni la historia oficial, porque es la de los seres humanos en su realidad y en su individualidad. La magnífica prosa de Montserrat Roig recrea un tiempo y unas experiencias que no debemos olvidar. Conocer y comprender la historia nos hace más personas, antes que otra cosa.

viernes, 10 de febrero de 2012

La cueva de Altamira vista por Rafael Alberti

Me falta tiempo para leer y releer todo lo que me apetece. Suelo leer varios libros a la vez, a diferente ritmo, en función del interés o del apremio o del tiempo que puedo dedicar a la lectura. Ahora estoy leyendo una obra de André Maurois y otra de Montserrat Roig, que posiblemente comentaré más adelante. Pero siempre hay algo más, algo de poesía, páginas, capítulos de libros que por alguna razón he consultado.
Releyendo fragmentos de La arboleda perdida de Rafael Alberti me detuve en  el capítulo 7, donde relata la situación de crisis personal por la que pasó en 1928 y a raíz de la cual fue invitado por José María de Cossío a pasar unos días en una casona que tenía en Tudanca. Desde allí realizaron algunos paseos y excursiones por lugares cercanos. Fueron a Santillana y después visitaron las cuevas de Altamira. Alberti pudo visitar la cueva auténtica, no la reproducción que actualmente se muestra al público a fin de preservar la verdadera e impedir que se estropee en un año lo que se ha conservado durante miles.
Transcribo las impresiones del poeta, frescas, vibrantes, ante la visión de las imágenes que contempló en el interior de la cueva:
De Santillana, creo, salimos en auto para un encuentro emocionante: los bisontes, ciervos y jabalíes de la caverna de Altamira. Lloviznaba. Nos paramos al borde de un camino ante la casucha del encargado de la cueva, que era, por cierto, un cura. Protegidos por su paraguas rojo, atravesamos unos campos sembrados, rasos, sin señales de nada. De pronto, al bajar un declive del terreno, surgió una puertecilla. ¡Quién lo hubiera pensado! Por allí se penetraba al santuario más hermoso de todo el arte español. A oscuras, empezamos a descender hacia el fondo de la tierra. Una luz se encendió, pero seguimos caminando por un pasillo estrecho, más en pendiente cada vez y húmedo. Yo ni me atrevía a respirar, observando las rocas laterales, deseoso de descubrir algún indicio de lo que íbamos a ver. Nada. De repente, unos ocultos reflectores se prendieron. Y, ¡oh maravilla! Estábamos ya en el corazón de la cueva, en la oquedad pintada más asombrosa del mundo. Recostados sobre las grandes piedras del suelo, pudimos abarcar mejor, ya que es baja la bóveda, aquel inmenso fresco de los maestros subterráneos de nuestro cuaternario pictórico. Parecía que las rocas bramaban. Allí, en rojo y negro, amontonados, lustrosos por las filtraciones del agua, estaban los bisontes, enfurecidos o en reposo. Un temblor milenario estremecía la sala. Era como el primer chiquero español, abarrotado de reses bravas pugnando por salir. Ni vaqueros ni mayorales se veían por los muros. Mugían solas, barbadas y terribles bajo aquella oscuridad de siglos. Abandoné la cueva cargado de ángeles, que solté ya en la luz, viéndolos remontarse entre la lluvia, rabiosas las pupilas.

Me gusta releer, saborear fragmentos que adquieren de repente vida, que saltan ante mis ojos, como diciendo: “Aquí estoy, no pases de largo, fíjate bien en lo que digo, que antes pasaste por aquí sin verme.” Y me detengo y entonces creo que vale la pena recordar y divulgar los autores que me gustan a través de sus textos. Si alguien me lee, puede que luego sienta la curiosidad de leer La arboleda perdida, si no conoce la obra, o cualquier otro texto de Rafael Alberti, porque, en definitiva, el placer de leer es el placer de ir de aquí y de allá, de divagar un poco y de perderse y reencontrarse. 

sábado, 4 de febrero de 2012

Poema del mes. Febrero. Rafael Alberti

¿Por qué será que me gusta tanto la nieve, que me hace tanta ilusión? Tal vez porque nací en invierno o quizá porque  al poco de llegar a este mundo se produjo aquella gran nevada del 56 que yo, lógicamente, no pude disfrutar. Tengo de ella los recuerdos de mis padres, los de la gente que la vivió, las fotos… Unas imágenes inusuales de la isla de Menorca, toda cubierta de una gruesa y mullida capa de nieve. ¡Cuánto me habría gustado ver aquello que nunca más ha vuelto a producirse! Hemos tenido breves y ligeras nevadas, muy de vez en cuando, como la de hoy, que apenas cubre las plantas, como un tenue velo blanco sobre los árboles. Nada espectacular, y sin embargo estoy escribiendo junto a la ventana para no perderme nada de esa magia y ese encanto que tiene la nieve al caer. Lo que dure, aunque sea poco, quiero disfrutarlo.
Rafael Alberti en Sobre los Ángeles escribió un poema titulado Nieve viva, emotivo y de corte surrealista, como todos los que componen el libro. Es un hermoso texto muy apropiado para esta mañana de febrero, en que cae la nieve y el petirrojo se refugia del frío viento.
NIEVE VIVA
 Sin mentir, ¡qué mentira de nieve anduvo muda por mi sueño!
Nieve sin voz, quizás de ojos azules, lenta y con cabellos.
¿Cuándo la nieve al mirar distraída movió bucles de fuego?
Anduvo muda blanqueando las preguntas que no se respondieron,
los olvidados y borrados sepulcros para estrenar nuevos recuerdos.
Dando a cenizas, ya en el aire, forma de luz sin hueso.


¡Hay tantos poemas que me gustan en Sobre los ángeles¡ No puedo resistir la tentación de incluir también el poema en dos momentos titulado El ángel de las bodegas. Me agrada especialmente el primero.
EL ÁNGEL DE LAS BODEGAS
1.
Fue cuando la flor del vino se moría en penumbra
y dijeron que el mar la salvaría del sueño.
Aquel día bajé a tientas a tu alma encalada y húmeda,
y comprobé que un alma oculta frío y escaleras
y que más de una ventana puede abrir con su eco otra voz, si es buena.

Te vi flotar a ti, flor de agonía, flotar sobre tu mismo espíritu.
(Alguien había jurado que el mar te salvaría del sueño.)
Fue cuando comprobé que murallas se quiebran con suspiros
y que hay puertas al mar que se abren con palabras.
2.
 La flor del vino, muerta en los toneles,
sin haber visto nunca la mar, la nieve.

La flor del vino, sin probar el té,
sin haber visto nunca un piano de cola.

Cuatro arrumbadores encalan los barriles.
Los vinos dulces, llorando, se embarcan a deshora.

La flor del vino blanco, sin haber visto el mar, muerta.
Las penumbras se beben el aceite y un ángel la cera.

He aquí paso a paso toda mi larga historia.
Guardadme el secreto, aceitunas, abejas.

Se trata de poemas propios de un buen conocedor de los vinos como era Rafael Alberti, gaditano de Puerto de Santa María, perteneciente a una familia de propietarios de vinos y bodegas, hijo de un comerciante y representante de vinos, según nos cuenta en su autobiografía La arboleda perdida.
A título de curiosidad, y pensando en quienes gustan del buen vino pero ignoran casi todo sobre el proceso de producción, aclararé un poco el vocabulario de estos poemas.
La flor del vino de la que habla el poeta es la levadura de flor de los vinos de Jerez, que aporta calidad a los finos. En el proceso de producción, el vino destinado a convertirse en fino o en manzanilla, alcanzados los 15 grados, se introduce en la barrica dejando una pequeña cámara de aire que permita respirar a la capa de levaduras Saccharomyces, surgida durante la fermentación: es la “flor”. El velo de levaduras cubre la superficie del vino aislándolo del aire e impidiendo su oxidación. Así se produce un vino de crianza biológico.

La flor se reproduce y muere constantemente, floreciendo especialmente en primavera y en otoño, y debilitándose con las temperaturas más extremas del verano y del invierno. La flor que va muriendo se decanta y se deposita en el fondo de la bota formando la madre del vino.
El arrumbador es el obrero que en las  bodegas efectúa la operación de sentar las botas o apoyarlas. En este sentido, encalar los barriles es atascarlos, impedir que se muevan. El arrumbador se cuida también de trasegar, cabecear y clarificar los vinos. Cabecear  es echar un poco de vino añejo en las cubas o tinajas del nuevo para darle más fuerza.

                                   

martes, 31 de enero de 2012

Joan Frigolé: Un etnólogo en el teatro. Ensayo antropológico sobre Federico García Lorca

Hace años, con motivo de la celebración del centenario de García Lorca, asistí a una conferencia de Joan Frigolé en la que analizaba la obra lorquiana desde una perspectiva antropológica. Me pareció tan interesante, que compré el libro que hoy comentaré. Joan Frigolé Reixach (1943) es catedrático de Antropología de la Universidad de Barcelona. Una de sus líneas de investigación es el estudio de la cultura y la organización de la sociedad rural en el sudeste peninsular en el contexto cultural mediterráneo, y en ella se sitúa la presente obra.
Estamos tan acostumbrados a enfocar los temas de la obra dramática de Federico García Lorca en términos de libertad-represión, realidad-deseo-frustración, que la mirada de Joan Frigolé sobre sus principales obras teatrales aporta una perspectiva distinta y sin duda muy enriquecedora, pues al ya tradicional análisis literario y temático de obras como Doña Rosita la soltera o La casa de Bernarda Alba, por ejemplo, se añade una visión etnográfica. En palabras del autor, se trata de “la interpretación del teatro lorquiano a partir de su contextualización  etnográfica.” En este sentido, la pregunta que se hace Frigolé es “¿Hasta qué punto el teatro de Lorca refleja la cultura andaluza?
Frigolé analiza Bodas de sangre, Yerma, Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores y La casa de Bernarda Alba según un modelo interpretativo basado en los conceptos de estratificación social en relación con el sistema de clases andaluz vigente en los años 30, sistema de valores, reproducción social, entendida como aquellas actuaciones encaminadas a consolidar la posición  social, y modelo de procreación, considerado como el conjunto de creencias, costumbres y símbolos relacionados con la transmisión de la vida en el contexto cultural andaluz.
El teatro de Lorca concede un papel protagonista a la mujer. Sus principales obras son dramas o tragedias de mujeres marcadas por deseos y pasiones que nunca verán satisfechos y que las arrastran a la muerte o a la frustración. Joan Frigolé analiza con detalle el contexto social de cada una de las obras mencionadas y estudia el argumento a la luz del marco teórico indicado anteriormente, siempre sustentado en el conocimiento de la realidad social andaluza de la época de Lorca. En su estudio nos va mostrando la existencia de una estrecha relación entre el fracaso de mujeres como Adela o Yerma y la tremenda rigidez de un sistema de estratificación social y de reproducción que se impone al individuo. Al mismo tiempo, se alude a costumbres del ámbito rural referidas al matrimonio y  a la procreación que explican ciertos detalles y determinadas conductas de los personajes de obras como Bodas de sangre o La casa de Bernarda Alba.
Este estudio sobre el teatro de Federico García Lorca me parece un buen complemento para cualquier indagación sobre la temática tratada por este autor. No va en detrimento de la valoración literaria, alejándose de su centro de interés, sino que aporta al lector una nueva vía de interpretación y de conocimiento. Joan Frigolé en las conclusiones de su interesante trabajo nos aconseja alejarnos del etnocentrismo y evitar juzgar obras del pasado con escalas de valores actuales. Una buena recomendación, sin duda, pues no encerrarnos en lo que conocemos y en lo que creemos en nuestros días nos abre el espíritu para valorar más acertadamente cualquier obra literaria y muy especialmente la de este gran clásico de nuestra literatura contemporánea.
A mí, personalmente, me aportó una visión diferente de la obra de Lorca, que me encanta y de vez en cuando releo, pues me ayudó a comprender mejor este supuesto antropológico de que todo es cultura, y una obra literaria, independientemente de su valor estético, es también el espejo de creencias y valores de la sociedad de la que ha surgido. Creo que el libro de Joan Frigolé puede gustar tanto a los amantes de la literatura, como a los interesados en el campo de la etnografía y la antropología social.

jueves, 26 de enero de 2012

Kate Morton: El jardín olvidado (I)

Compré El jardín olvidado sin saber muy bien qué compraba. Soy del Círculo de lectores, como ya sabéis, y escogí guiándome por la sinopsis del libro sin tener la menor idea de que se trataba de una obra que ha alcanzado un gran éxito.  Nada más empezarla me cautivó, ya no pude dejar la novela. Ansiaba llegar a casa y ponerme a leer. Leía hasta altas horas de la noche, hasta que, rendida de sueño, los ojos se me cerraban. ¡Qué novela tan bonita!
No voy a resumir detalladamente la historia que se relata en El jardín olvidado. Sólo lo indispensable. No quisiera privar a nadie del inmenso placer de ir descubriendo misterios y secretos a medida que se avanza en la lectura. Así que me limitaré a lo indispensable.
En Londres, en  1913, una niña es abandonada en un barco con destino a Australia con una pequeña maleta que sólo contiene algo de ropa y un libro de cuentos de hadas. Una mujer le ha dicho que la espere allí, que se esconda y que no diga su nombre. El barco zarpa y la mujer no acude junto a la niña. En Australia, en 20 la anciana Nell, a punto de ya de morir a los noventa y cinco años, murmura antiguos recuerdos. Después de su muerte, su nieta Cassandra hereda una cabaña y un jardín en Cornualles. Una herencia envuelta en el misterio, que impulsa a la joven Cassandra a emprender el viaje a Inglaterra para tratar de descubrir los vínculos de su abuela con aquella propiedad. El viaje de Cassandra es un viaje en el espacio y en el tiempo que la lleva a descubrir el pasado de su abuela y a conocer secretos familiares que habían permanecido ocultos. Es también un viaje hacia sí misma, de descubrimiento y de regeneración.
Kate Morton se revela como una excelente narradora, con un gran dominio del arte de mantener hasta el final el interés y la tensión en el lector. Gran conocedora de la literatura inglesa de la época victoriana, sabe aprovechar este bagaje para crear una atmósfera muy especial  y un argumento bien trabado, con unos personajes cautivadores en lo bueno y en lo malo de su carácter y de su conducta. Al leer El jardín olvidado uno entra en ese espacio o dimensión mágica que sólo los cuentos de hadas son capaces de crear. De hecho, la propia autora afirma en una de las entrevistas que le hicieron en su visita a España que ha querido escribir un cuento de hadas para adultos.
El tema de los cuentos de hadas recorre la obra y alcanza el nivel de elemento estructural del contenido. Eliza Makepace, uno de los personajes principales de la novela, es escritora de cuentos de hadas. Los cuentos de Eliza, que se intercalan en diversos capítulos,  son parte integrante de la novela, pues están directamente relacionados con el argumento. Cada relato tiene su sentido y su función. Es literatura dentro de la literatura, que aporta a El jardín olvidado  simbolismo y significado. Es verdad que la propia novela es como un largo cuento de hadas, que absorbe y encanta. Como dice J. C. Cooper en Cuentos de hadas. Alegorías de los Mundos Internos:
“La fascinación que ejerce el cuento de hadas en todas las edades radica en que revela nuestra propia naturaleza interior, con infinitas posibilidades espirituales, psíquicas y morales. Es la búsqueda del significado de la vida. El argumento gira en torno al héroe o la bella afligida, que se enfrentan a poderes titánicos. Los sufrimientos, pruebas y tribulaciones son imprescindibles para la realización de la trama, la evolución de los individuos involucrados y la unificación final.”
En El jardín olvidado, no es que se fundan realidad y fantasía, -todo buen lector de una obra de ficción acepta las reglas del juego con la única condición de la cervantina “verdad poética”-. Es que  la realidad se sustenta en lo sobrecogedor de las historias de los personajes a lo largo de muchos años. La búsqueda de la propia identidad como tema es un poderoso hilo conductor que relaciona las vidas de Eliza, Nell y Cassandra.
Y ¿qué decir de los personajes? Bien construidos y caracterizados, seres con vida e identidad propia, con claroscuros, luces y sombras. Algunos de ellos, como la señora Swindell, parecen sacados de una obra de Dickens. Y es que en El jardín olvidado encontramos ecos de la mejor narrativa británica del siglo XIX, como si Jane Austen y las hermanas Brönte se hubieran deslizado en algunas páginas de la novela: Adeline, Rose, la propia Eliza, Mary… por citar las mujeres del pasado. La historia de Nell, a través de Cassandra, me parece a mí, no es sino el pretexto para la bella y emotiva historia de Eliza, la autora de bellísimos cuentos de hadas.
En cuanto a la estructura de la novela, distintos planos temporales se alternan en función de los personajes. El estilo literario cambia levemente también: los capítulos dedicados a Eliza están narrados en algunos momentos con el estilo propio de las novelas de misterio. Parte de la infancia de Eliza transcurre en ambientes que recuerdan algunas novelas de Dickens, como el hueco en donde viven Eliza y su hermano:
“Encima de la tienda del señor y la señora Swindell, en la estrecha casa junto al Támesis, había un pequeño cuarto, escasamente mayor que un armario. Era oscuro, húmedo y maloliente (consecuencia natural de malos desagües y una inexistente ventilación), con paredes descoloridas que se resquebrajaban durante el verano y chorreaban durante el invierno, y una chimenea cuyo tiro había sido bloqueado hacía ya tanto que parecía una grosería sugerir que debía ser de otra manera. Pero, a pesar de su miseria, el cuarto de encima de la tienda de los Swindell era el único hogar que Eliza Makepeace y su hermano mellizo, Sammy, habían conocido, y que les proporcionaba un mínimo de seguridad y protección del que carecían sus vidas.”
El título, El jardín olvidado, es, desde mi punto de vista, un anticipo de la importancia y del simbolismo del jardín en la novela. El jardín, avanzada ya la novela, va adquiriendo cada vez más peso en el relato y cobra nitidez su significado como símbolo. Es un lugar de paz, un refugio, el centro donde Eliza pude encontrarse a sí misma. El diccionario de los símbolos de Jean Chevalier lo define en primer lugar como “un símbolo del paraíso terrenal, del cosmos que lo tiene como centro, del paraíso  celestial y de los estados que corresponden a las estancias paradisíacas.” Algo en perfecta consonancia con el jardín cerrado creado y cuidado por Eliza.
El jardín olvidado gustará a todos aquellos lectores a quienes les encanta dejarse atrapar por buenas historias, por relatos bien contados, a quienes gustan del misterio, la intriga, los secretos. Gustará a todos los que muchas veces -como yo misma- leen como niños.

domingo, 15 de enero de 2012

Elogio y defensa del club de lectura


Pertenezco al club de lectura de la Biblioteca Pública desde que se creó hace ya cuatro años.  ¡Es de lo más gratificante! Me encanta leer los libros seleccionados para cada curso y sobre todo leerlos pensando en lo que me parece destacable, en las relaciones temáticas que van surgiendo a lo largo de la lectura y que después podremos comentar en la tertulia literaria. Leer para poder comentar hace que me fije más en todo, que lea con ojos más críticos, con una mirada más detenida. Así es posible establecer relaciones y asociaciones de ideas que tal vez en una lectura menos atenta no acudirían a mi mente.
Me parece precioso que cada cual pueda aportar ideas y análisis acerca de la obra leída, pues no se trata de comentarios academicistas, sino de la valoración que hace cada lector desde su perspectiva. De aquí surge una gran riqueza, pues al escuchar el punto de vista de otras personas uno se fija en aspectos en los que no había reparado antes, en enfoques nuevos y diversos.
Algunas veces, la lectura comentada incide sobre hechos o vivencias de los lectores: el contexto, las situaciones, los personajes, algunos fragmentos especialmente expresivos… ¡Es la relación entre la literatura y la vida! Son momentos deliciosos en los que se comparte  algo más que el amor a la lectura a partir precisamente de ese gusto por la literatura. Afloran recuerdos, anécdotas, sensaciones. Es el fruto de todo cuanto puede encerrarse en un libro gracias al poder de la palabra.
Cada año hemos contado con la presencia del Escritor del Año y con la de algún autor invitado para hablarnos de su obra literaria. Es un privilegio poder escucharles y dialogar con ellos. Reír con ellos también.  Son encuentros inolvidables. Además de libros de autores contemporáneos, hemos leído también algunos clásicos de la literatura universal: El Quijote (el curso pasado la primera parte y este la segunda), Los persas, de Esquilo, El jardín de los cerezos, de Chéjov, entre otros. Perderles el miedo a los clásicos es un buen objetivo para un club de lectura. Hay libros que si se han convertido en clásicos es porque hay mucha gente que los ha leído y los ha disfrutado, pues han sabido entablar un diálogo vital con cada lector y por eso perduran.
Participar en un club de lectura no sólo supone la oportunidad de conocer nuevos autores y obras, es también el placer de formar parte de un grupo de personas con un interés común en principio, que luego se transforma en amistad. Se intercambian libros, se comentan novedades, películas, temas de actualidad que a veces tienen relación con lo leído.
Os animo a participar en algún club de lectura, que nadie tema nunca no estar a la altura (de quién sabe qué o quién). No se trata de demostrar que se sabe mucho de literatura o que se tiene mucha cultura, no, se trata de pasarlo bien y de disfrutar leyendo y dialogando sobre los libros. ¡Todos podemos aportar algo y todos podemos aprender de los demás! 

lunes, 2 de enero de 2012

Poema del mes. Enero. Vicente Aleixandre

El inicio de un nuevo año siempre contiene para mí la semilla de algo nuevo y esperanzador. Está todo por hacer. Ante nosotros el calendario virgen de los doce meses que nos esperan con quién sabe que acontecimientos y sucesos, que siempre deseamos que sean ricos en experiencias y alegría. El año, visto desde los primeros días de enero, tiene así algo de paraíso anhelado. Es un instante en el que aún todo es posible: ilusiones, deseos, esperanzas, un trabajo, un amor, un buen momento, amigos, el mar, el campo… Por eso he pensado hoy en un poema de Vicente Aleixandre del libro Sombra del paraíso, publicado en 1944, en la etapa más oscura y más  dura de la posguerra, que contrasta con el tono y los temas de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, publicado también el mismo año.

Sombra del paraíso es para mí uno de los libros más bellos de Aleixandre. Lo escribe entre 1939 y 1943, una época de amarga sombra en la cual el poeta optó por el exilio interior. Sus poemas vienen a ser una evasión hacia la belleza y la inocencia del mundo y de los seres que lo habitan, o la evocación de figuras queridas como la de su padre en Padre mío. Impregna el libro un tono de luminosa melancolía, como diciéndonos que aunque la vida en aquella época fuera durísima, en algún lugar existía la belleza.

El poema es largo, leedlo despacio, disfrutad con tiempo de la belleza del lenguaje y de las hermosas imágenes.

Criaturas en la aurora

Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.

Entre las flores silvestres recogisteis cada mañana
el último, el pálido eco de la postrer estrella.
Bebisteis ese cristalino fulgor,
que con una mano purísima
dice adiós a los hombres detrás de la fantástica
                                                 presencia montañosa.
Bajo el azul naciente,
entre las luces nuevas, entre los puros céfiros primeros,
que vencían a fuerza de -candor a la noche,
amanecisteis cada día, porque cada día la túnica casi
                                                                        húmeda
se desgarraba virginalmente para amaros,
desnuda, pura, inviolada.


Aparecisteis entre la suavidad de las laderas,
donde la hierba apacible ha recibido eternamente el
                                          beso instantáneo de la luna.
Ojo dulce, mirada repentina para un mundo estremecido
que se siente inefable más allá de su misma apariencia.

La música de los ríos, la quietud de las alas,
esas plumas que todavía con el recuerdo del día se
                     plegaron para el amor como para el sueño,
entonaban su quietísimo éxtasis
bajo el mágico soplo de la luz,
luna ferviente que aparecida en el cielo
parece ignorar su efímero destino transparente.

La melancólica inclinación de los montes
no significaba el arrepentimiento terreno
ante la inevitable mutación de las horas:
era más bien la tersura, la mórbida superficie del mundo
que ofrecía su curva como un seno hechizado.

Allí vivisteis. Allí cada día presenciasteis la tierra,
la luz, el calor, el sondear lentísimo
de los rayos celestes que adivinaban las formas,
que palpaban tiernamente las laderas, los valles,
los ríos con su ya casi brillante espada solar,
acero vívido que guarda aún, sin lágrimas, la amarillez
                                                                        tan íntima,
la plateada faz de la luna retenida en sus ondas.

Allí nacían cada mañana los pájaros,
sorprendentes, novísimos, vividores, celestes.
Las lenguas de la inocencia
no decían palabras:
entre las ramas de los altos álamos blancos
sonaban casi también vegetales, como el soplo en las
                                                                         frondas.
¡Pájaros de la dicha inicial, que se abrían
estrenando sus alas, sin perder la gota virginal del rocío!

Las flores salpicadas, las apenas brillantes florecillas del
                                                                            soto,
eran blandas, sin grito, a vuestras plantas desnudas.
Yo os vi, os presentí, cuando el perfume invisible
besaba vuestros pies, insensibles al beso.
¡No crueles: dichosos! En las cabezas desnudas
brillaban acaso las hojas iluminadas del alba.
Vuestra frente se hería, ella misma, contra los rayos
                                             dorados, recientes, de la vida,
del sol, del amor, del silencio bellísimo.


No había lluvia, pero unos dulces brazos
parecían presidir a los aires,
y vuestros cabellos sentían su hechicera presencia,
mientras decíais palabras a las que el sol naciente daba
                                                                magia de plumas.


No, no es ahora, cuando la noche va cayendo,
también con la misma dulzura pero con un levísimo vapor

           de ceniza,
cuando yo correré tras vuestras sombras amadas.
Lejos están las inmarchitas horas matinales,
imagen feliz de la aurora impaciente,
tierno nacimiento de la dicha en los labios,
en los seres vivísimos que yo amé en vuestras márgenes.


El placer no tomaba el temeroso nombre de placer,
ni el turbio espesor de los bosques hendidos,
sino la embriagadora nitidez de las cañadas abiertas
donde la luz se desliza con sencillez de pájaro.

Por eso os amo, inocentes, amorosos seres mortales
de un mundo virginal que diariamente se repetía
cuando la vida sonaba en las gargantas felices
de las aves, los ríos, los aires y los hombres.