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sábado, 5 de noviembre de 2011

Poema del mes: Antonio Colinas

Este lluvioso sábado de otoño, con sus nubes grises blanquecinas u oscuras, con el aire quieto y húmedo sin llegar a ser frío, conecta bien con este poema de Antonio Colinas (1946), "Noviembre en Inglaterra", perteneciente al libro Sepulcro en Tarquinia (1976). Texto evocador, apunta directamente a estos sueños y deseos de otras tierras y otros paisajes que a veces nos invaden. Más que un paisaje en sí, se busca lo que este evoca en el fondo de cada uno.
"Noviembre en Inglaterra" invita a la relectura. El poema tiene su propio ritmo y el lector interesado debe hallarlo sin el apoyo de una puntuación convencional. El sentido y el ritmo de las frases se crean mutuamente.
NOVIEMBRE EN INGLATERRA 
                               Happy is England
                                         Yet do I sometimes feel a languishment
                                         For skies Italian.
                                                                                 JOHN KEATS

yo sé que ahora es noviembre allá en Inglaterra
son azules las noches y copiosas en astros,
cosa extraña pues ya la nieve va cayendo
en los montes de Escocia, voraz consume el fuego
las ramas del espino, cuelan desnudas ramas
el sol que filtran tristes las cortinas y deja
su oro viejo en los libros de vuestras bibliotecas,
aún se puede apreciar, en el fondo de prado
con escarcha, las luces de los invernaderos,
es ésta la estación más pura, ni la música,
ni el arte, ni los besos, la corrompen, sólo hay
como una expectativa inmensa sin los pájaros,
un silencio de lunas y de soles muy fríos
que sin embargo dicen al corazón que sueña
otras tierras: escúchate, aquí termina el mundo,
sublime apoteosis del respeto y las rosas,
no bajes hacia el mar que, tenebroso y húmedo,
alberga toda muerte.

domingo, 23 de octubre de 2011

Remei Margarit y Marcel Villier: poesía, arquitectura y paisaje

Revolviendo en el BookCrossing de la escuela tuve la gran suerte de encontrarme con Castells a la sorra dels dies, un librito que despertó mi curiosidad al ver el nombre de la autora y del ilustrador: Remei Margarit y Marcel Villier, respectivamente. Nada más abrirlo los poemas me cautivaron y corrí a sentarme para leer. Uno tras otro, como pequeñas estampas intimistas, me entregaron el sabor de momentos junto al mar, de la paz de algunas tardes o de rincones del hogar propicios al recuerdo o a la meditación y la nostalgia.¡Qué hermosos me parecieron!

Remei Margarit (Sitges, 1935) es licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona y colaboradora del periódico La Vanguardia. En su faceta literaria, es autora de tres novelas, un libro de relatos y del libro de poesía De la soledat i el desig (1988). Castells a la sorra dels dies es de 2009.


"La calma" es uno de los poemas que más me gustan:

El temps és la galerna
que s'emporta el somni.
Aquests moments sense tu
són el llarg viatge que mena
d'un bes a l'altre,
com aquest mar sense ones,
sols un batec de vida que reposa.
La insistent calma
n'ha fet un mirall
de l'aigua.
Les veles a l'horitzó
esperen també
l'abraçada del vent.

Otro es "Aquell somriure"

Aquell somriure és l'esperança.
Per la finestra entra l'alba
quan la nit em deixa.
El cel translúcid
encara no gosa
vestir-se de blau
i no ho sé si a llevant
hi ha tempesta.
A ponent, la lluna s'amaga
i la roba estesa
guarda el fred de la nit.
El sol venç cada dia
la subtil història
que el somni ha teixit.

El libro está ilustrado con algunas obras de Marcel Villier. Es una verdadera lástima que la calidad de las reproducciones no sea buena y el lector no pueda hacerse una idea cabal del nivel de este artista. Por ello, para situarle en el lugar que sin duda merece, incluyo junto al libro de poemas de Remei Margarit el de Marcel Villier Ribas Arquitectura i paisatge de Menorca, que recoge 76 de sus obras, básicamente acuarelas y algunos grabados. ¡Me encanta este libro!

Al dominio del dibujo y de la técnica de la acuarela se impone el  artista. La Menorca de Marcel Villier es una Menorca que se lleva en el alma. Paisajes serenos, casas de campo, interiores, rincones de patios y jardines, paisajes desde una ventana... todo ello impregnado de ternura, de gracia, de encanto inigualable con un sello personal que le hace inconfundible.
Remei Margarit es la autora de uno de los diversos prólogos que encabezan la muestra de la obra gráfica de Marcel Villier. No me sorprende, pues existe una clara afinidad entre el tono de los poemas y la atmósfera contenida en las acuarelas. "A la seva pintura, la qualitat que més hi destaca ése una gran sensibilitat en el tracte de les formes. Hi ha també una lleugeresa efímera, gairebé immaterial, que fa sentir la fragilitat humana com una parte essencial de l'existència. Els dibuixos i pintures d'en Marcel fan companyia per això mateix, perquè són essencial. Potser és això el que l'Art ens aporta: aquells moments de vida captats en un gest, en una forma, en un color."

Ambas obras son una invitación irresistible al disfrute de un bello momento de paz entre la poesía y el arte.


viernes, 21 de octubre de 2011

Sándor Márai: La gaviota

Novela publicada en 1943. Hungría. Segunda Guerra Mundial. Un alto funcionario de la administración recibe la visita de una joven extranjera que le impresiona y le perturba, pues se parece muchísimo a su amante muerta años atrás. Es como si otro ser hubiera adoptado el cuerpo de la mujer muerta y regresara de la tumba. Se trata de una joven maestra finlandesa que busca un empleo y necesita una recomendación.
Atrapado por la sorpresa y el misterio de tanto parecido, invita a al a ópera aquella misma noche a la joven Aino Laine, de poético nombre, pues significa Única Ola. La belleza de la joven, su elegancia, su inteligencia, su dominio de varios idiomas le subyugan. De camino, se asoman a un puente sobre el Danubio y contemplan las gaviotas durante unos momentos. Al salir de la ópera, él la invita a su casa y allí prosiguen el diálogo que han iniciado nada más romper el hielo en el encuentro de la mañana.
Al leer a Sándor Márai se toma conciencia de estar ante ante la Literatura y no ante la vida, ante un objeto de arte cuyo fin es la belleza y  la creación de significado. Digamos que el arte ayuda a entender la vida. En este caso, la prosa magistral de Márai, densa, modulada, rica, proyecta su luz sobre aspectos de las almas de los personajes. Conduce nuestra mirada hacia percepciones o hacia temas que quizá estaban latentes en nuestra conciencia esperando un resquicio para revelarse: el amor como destino; los hechos de la vida de cada persona como algo que es parte de un plan que alguien ha trazado en algún lugar; las semejanzas físicas entre seres humanos, algo así como el “doble”… Multitud de temas discurren al hilo de los diálogos entre los dos personajes  y de las reflexiones del funcionario húngaro. Estas digresiones vienen a ser como breves fragmentos de ensayos entretejidos en la acción y en el diálogo. En ellos se sumerge el lector sin darse cuenta, pues todo es parte del punto de vista del personaje. En un largo parlamento, hacia el final de la novela, el funcionario le dice a la joven:
“Yo amé a una persona, lo cual también constituye un hecho. Y ahora de repente comprendo que más allá de las citas neuróticas que los creadores de noticias, películas y novelas definen como amor, entre el hombre y la mujer existe realmente algo fatal, irrepetible e inevitable, algo personal, algo que queda por encima de este mundo y de la tumba. Por ejemplo, si esta noche bebiera cianuro (una idea descabellada, lo sé) no cambiaría las leyes ni solucionaría nada. Algo me obligaría a salir de la tumba para amarte, mejor dicho, para amar a la persona que tú eres ahora, más allá de la vida terrenal y la tumba. ¿Estás de acuerdo? Me alegra que me escuches con calma y que no protestes cuando trato de comprender (con al experiencia de mi trabajo a mis espaldas) las consecuencias de los hechos. Los astrólogos, que hoy en día no llevan un capirote en la cabeza y en su mayoría no son más que diligentes matemáticos, afirman que hay tres hechos que el libre albedrío del hombre no puede cambiar: el nacimiento, la muerte y el amor… Estos tres hechos son más poderosos que cualquier fuerza y voluntad humanas. Porque hay parejas, Aino Laine, dos personas arrastradas en el espacio una hacia la otra por una única ola, que no pueden evitar encontrarse, no son capaces de escapar la una de la otra ,ni yendo al norte o al oeste, y tampoco a la India o a la tumba… Deben regresar en el espacio y el tiempo para reunirse.”
Las meditaciones a las que se entrega el hombre, motivadas por la impresión que le ha producido el encuentro con Aino Laine, le llevan a evocar a su amante muerta, la relación de amor que mantuvo con ella  y  las circunstancias de su suicidio. Del  contraste constante de las dos mujeres surge una semejanza tras otra, a pesar de que la joven finlandesa aparece siempre envuelta en el misterio. Ambigua y un tanto misteriosa es también la figura del narrador protagonista, pues el lector nunca llega a saber muy bien en qué consiste exactamente la importante orden que acaba de cursar nada más empezar la historia.

 El hombre se siente temeroso, desconfiado e intrigado por este inesperado encuentro. La trama circula por dos vías, la del pasado en relación con la mujer muerta y la del presente del encuentro con Aino Laine, hasta confluir en un punto en que después de una larga serie de digresiones en las que se entrelazan diversos temas, todos ellos relativos en el fondo al misterio y al sentido de la existencia humana y sus circunstancias, la acción se resuelve sobre el terreno del misterio y la ambigüedad, como misterioso, ambiguo y subjetivo es el tema del destino.
La historia del funcionario y de la joven  Aino Laine tiene como trasfondo la Segunda Guerra Mundial. Ambos personajes se ven afectados por ella en mayor o menor medida. Es algo que no pueden obviar porque su situación es también fruto de esta guerra. Hallamos en la novela retazos de la imagen de un mundo que se quebró y desapareció para siempre. Sin duda Sándor Márai debió de vivir con ansiedad y angustia esta etapa turbulenta de la historia de Europa. Me impresionó la forma en que Aino Laine describe el derrumbe a causa de las bombas de la casa donde vivía con su familia:
La única casa del mundo donde sabía lo que había en cada cajón; en el salón, junto a la chimenea, estaba el sillón en que murió mi abuela, el mismo en que solía sentarse mi padre a leer por las noches, cuando volvía de trabajar. Había muchas cosas en aquella casa. Por ejemplo, un cuarto desde donde se veía el mar, los veleros: era mi habitación. Y todo lo que hay en una casa donde han vivido abuelos, padres e hijos. Allí nací y allí por poco muero, pues nos quedamos atrapados en el sótano y el humo nos asfixiaba. Aquello era la realidad. Y el que no lo haya vivido, el que no haya experimentado lo que se siente en un sótano, cuando a uno se le viene la casa encima y todo lo que ha formado parte de la vida familiar, todo lo que significa la niñez, queda reducido a cenizas, tal vez no sepa del todo lo que es esta guerra.”
A medida que se avanza en la lectura y se acerca el final, todo confluye, nada es dejado al azar, todo encaja, igual que encajan todos los hechos que se producen para que se cumpla un destino. Reaparece el símbolo de la gaviota,  ave que representa tanto la libertad como la fuerza de la vida que late bajo las apariencias.
Sin embargo, el final de la novela no es explícito, el narrador nos obliga a leer entre líneas, a deducir, a suponer e imaginar. Nada se dice claramente. En mi opinión se trata de una novela poética y a la vez de reflexión, como otras de Sándor Márai, quien gusta de entrelazar acción, introspección psicológica de los personajes y reflexiones existenciales. Ello no le resta tensión narrativa. A mí me absorbió desde las primeras páginas. Me ha gustado ese juego con la insinuación y el misterio.

domingo, 16 de octubre de 2011

Irène Némirovsky: Nieve en otoño

Tenía pendiente el comentario de esta novela, pues entre una cosa y otra me estoy dedicando ahora a varios libros a la vez y no acababa de encontrar el momento. Leí Nieve en otoño en una tarde, prácticamente. Novela corta, pero densa de contenido. Con un estilo literario conciso, ajustado, en el que se percibe la influencia de su admirado Chéjov, Irène Némirovsky nos transporta a la Rusia revolucionaria, de donde muchas familias acomodadas tuvieron que exiliarse.
La nieve de otoño es el elemento evocador de lo perdido para Tatiana Ivanovna, la anciana sirvienta de la familia Karin, el cordón umbilical que la vincula con Rusia, su mundo, desde su exilio en París.   Tatiana Ivanovna, que ha criado varias generaciones de los Karin, permanece en la casa durante una temporada después de que en enero de 1918 los señores se marchen.  La familia lo ha perdido todo: propiedades, posición social, organización familiar, costumbres… Incluso la propia familia no se halla al completo, pues Kiril y Yuri marcharon  al combate a luchar contra los revolucionarios.
Un día Tatiana Ivanovna decide seguir el camino de sus señores y, con las joyas de la señora cosidas en el dobladillo de su falda, emprende viaje a  Odesa, donde la familia malvive:
“Los Karin jamás olvidarían el instante en que abrieron la puerta y la vieron, apurada pero serena, con el hatillo al hombro y los diamantes golpeándole las cansadas piernas; tampoco olvidarían su pálido rostro, que parecía haberse quedado exangüe, ni su voz al anunciarles la muerte de Yuri.
Vivían en el barrio del puerto, en una habitación oscura, con sacos de patatas colgados de las ventanas para amortiguar el impacto de las balas. Yelena Vasílievna estaba acostada en un jergón extendido en el suelo y Lulú y Andréi jugaban a las cartas a la luz del infiernillo, donde se consumían tres trozos de carbón. Había empezado el frío, y el viento penetraba por los cristales rotos.”
Después de Odesa, en 1920, los Karin logran llegar a Constantinopla y desde allí a Marsella. Sin apenas nada, con los recursos ya agotándose, paran en un hotel, haciendo un alto en el camino e intentando con todas sus fuerzas respirar el aire de la libertad. A comienzos del verano llegan a París y alquilan un pequeño piso, pobre y oscuro, donde la vida es miserable y llena de estrecheces. Viven al revés, enclaustrados de día en la casa cerrada para evitar olores y ruidos intolerables. No obstante, París brinda a los Karin la posibilidad de mantener un cierto contacto con la vida, de realizar actividades y salidas algo gratificantes y satisfactorias. Digamos que para ellos la vida sigue, aunque no sea de lo mejor.
La vida en París es para Tatiana Ivanovna el verdadero envejecimiento, un proceso de consunción lejos de Rusia, de la tierra y el clima que ella en verdad ama y añora desesperadamente, pero sobre todo lejos de su sistema de vida y de sus creencias personales y sociales. En Rusia era querida y respetada, tenía una posición en la familia de sus señores. Ahora se ha convertido en una mujer vieja que ni es comprendida ni comprende a los jóvenes, que se aferran a los breves placeres que pueden arañar de vez en cuando, que les hacen sentirse vivos. La joven Lulú le reprocha su actitud vigilante y moralista:
"- ¿Puede saberse qué te pasa? Todas las noches la misma cantinela –dijo al fin con la voz enronquecida por el vino y el tabaco, pero tranquila-. ¿Y en Odesa, Dios mío? ¿Y en el barco? ¿No te diste cuenta de nada?
-  Qué vergüenza… -murmuró la anciana entre asqueada y dolida-. ¡Qué vergüenza! Tus padres, que duermen ahí al lado...
- ¿Y qué? ¿Acaso te has vuelto loca? No hacemos daño a nadie. Bebemos un poco y nos besamos, ¿qué tiene de malo? ¿Crees que mis padres no hacían lo mismo cuando eran jóvenes?
- No, hija.
- ¿Ah, eso piensas?”
Llega el otoño. Tatiana va encerrándose cada vez más en sí misma, aislada del entorno y de todos. Se pasa las horas muertas viendo caer la lluvia tras los cristales sin comprender nada de la forma de vida de los parisienses:
“¿Cómo podían vivir encerrados en aquellas casas oscuras? ¿Cuándo llegaría la nieve?”
La nieve que no llega y su añoranza y su soledad crecen día a día. La desesperanza se apodera de Tatiana Ivanovna.
“Aquellos techos bajos la asfixiaban. Karinovka… La gran mansión, con sus enormes ventanales, por los que el aire y la luz penetraban a raudales, sus terrazas, sus salones, sus galerías, donde las noches de fiesta se acomodaban holgadamente cincuenta músicos… Recordó la Nochebuena en que Kiril y Yuri se habían ido. Aún creía estar oyendo el vals que habían tocado esa velada. Habían pasado cuatro años. Le parecía estar viendo las columnas, relucientes de hielo bajo la luna. “Si no fuera tan vieja –pensó-, me pondría en caminode buena gana. Pero no sería lo mismo…”
-  No, no sería lo mismo –murmuró. La nieve… Cuando viera nevar, todo habría acabado. Se olvidaría de todo. Se tumbaría y cerraría los ojos para siempre-. ¿Viviré hasta entonces? –musitó.”
Nieve en otoño es algo más que una novela centrada en el desarraigo y la inadaptación. A pesar de su brevedad, con pocas pinceladas entretejidas en los diálogos entre los personajes, asistimos a la destrucción de un sistema de vida, el de los terratenientes rusos, familias ricas, con servidumbre que hasta entonces no se había rebelado contra esta situación, que la aceptaba de buen grado porque sentía que tenía un lugar en estas familias. Como contrapunto, el trasfondo de la revolución, la quema de casas, las gentes con el odio y el deseo de venganza a flor de piel. La historia de los Karin, con la figura de Tatiana Ivanovna en primer plano, puede ser representativa de una época, pero son la fuerza y la pureza del estilo, la economía de medios con que opera la autora los elementos que, en mi opinión, convierten este breve relato en una obra emotiva e inolvidable, impregnada de humanidad, intemporal en la medida en que son intemporales las grandes obras de la Literatura.                                                                        

sábado, 8 de octubre de 2011

Poema del mes: Rosalía de Castro

Me propuse lo del poema del mes para dedicar un ratito especial a los poetas y a los poemas que me gustan. Disfrutar del placer de escoger algunos libros, hojearlos, releer ciertos poemas o entrar en otros por primera vez… Lo cierto es que la cosa me lleva bastante tiempo, pues voy de aquí para allá sin darme cuenta:  ahora un poema, ahora otro, y a ver este poeta, o el de más allá… Y a todo eso, dudas, interpretaciones, búsqueda de información para algunos casos…
Mi deseo es que el poema sea una invitación a la lectura y que si os gusta el texto, ese pequeño placer vaya unido al gusanillo de leer más o de saber más. Cada poeta y cada poema, me parece a mí, tienen su día y su momento. No siempre apetece lo mismo, ni siempre un texto concreto produce la misma impresión. El azar y la curiosidad juegan sin duda un importante papel, y ¿qué decir del estado de ánimo?

¿Por qué he pensado hoy en Rosalía de Castro? Al mirar entre los libros de poesía, he visto En las orillas del Sar. Y como siento una inclinación especial por el Romanticismo y por el Simbolismo, me gustan sus poemas, aunque estén tan teñidos de tristeza, melancolía y desesperanza.
El que he escogido hoy me gusta por su atmósfera de misterio.
Del antiguo camino a lo largo,
ya un pinar, ya una fuente aparece,
que brotando en la peña musgosa
con estrépito al valle desciende.
Y brillando del sol a los rayos
entre un mar de verdura se pierden,
dividiéndose en limpios arroyos
que dan vida a las flores silvestres
y en el Sar se confunden, el río
que cual niño que plácido duerme,
reflejando el azul de los cielos,
lento corre en la fronda a esconderse.

No lejos, en soto profundo de robles,
en donde el silencio sus alas extiende,
y da abrigo a los genios propicios,
a nuestras viviendas y asilos campestres,
siempre allí, cuando evoco mis sombras,
o las llamo, respóndenme y vienen.
El clásico lugar ameno adquiere un aire diferente. Lo misterioso,  lo sombrío, la alusión al más allá, tan del gusto romántico, configuran un paisaje mental oscuro y enigmático. ¿Quiénes son las sombras de Rosalía?
La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes dedica a Rosalía de Castro una de sus páginas de autor. Allí están sus obras completas y los magníficos y clarificadores estudios de la profesora Marina Mayoral.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Stefan Sweig: Casanova

Los libros antiguos y de pequeño formato siempre despiertan mi curiosidad. Cuando los veo me entran ganas de tocarlos y hojearlos. A veces el nombre del autor y el título escritos en el lomo resultan ilegibles.  Al abrirlos, me encuentro con sorpresas agradables, como si hallara un pequeño tesoro. Eso me ocurrió con el ensayo de Stefan Sweig titulado Casanova, que pertenece a una trilogía titulada Tres poetas de su vida, de 1928. Este pequeño volumen fue publicado por la Editorial Apolo, de Barcelona, en 1951.
No se trata de una biografía en sentido estricto, ni tampoco, a mi entender, de una biografía novelada, pues el acento no recae en los hechos de la vida de Casanova, sino que es un ensayo biográfico,  una visión interpretativa de su personalidad fundamentada en las memorias de este interesante y famoso personaje. En 1928 Stefan Sweig se quejaba de la actuación de la casa editorial F. A. Brockhaus, propietaria del manuscrito original, que hasta la fecha nunca fue publicado en una edición íntegra y fidedigna. Así que los textos que sin duda manejó habían sufrido manipulaciones debidas a la censura. (A día de hoy, la editorial Atalanta ha publicado la edición crítica en español del texto íntegro de Historia de mi vida, de Giacomo Casanova en dos volúmenes. Mauro Armiño, el traductor, ha recibido el Premio Nacional a la mejor traducción 2010)
En Casanova Stefan Sweig  se centra en la psicología del personaje. Se interesa más por cómo es el ser humano que por los hechos concretos y las fechas precisas de los acontecimientos de su vida. Es un análisis psicológico de un hombre que fue ciertamente un aventurero vocacional -no por necesidad como otros contemporáneos suyos-, que vivió intensamente teniendo como metas el placer y la libertad, sin ataduras de ningún tipo, disfrutando con la conquista amorosa, de la seducción, del juego, de la relación social, de la vida, en suma.
A lo largo de nueve capítulos Stefan Sweig va desglosando los variados aspectos del carácter y de la actitud ante la vida de Casanova, hombre adaptable, versátil, atrevido, siempre seguro de sí mismo. Su fama de seductor oscureció muchas veces su amplia cultura, su formación humanística y sus grandes dotes para muchas y muy diversas actividades a las que se dedicó de forma esporádica y circunstancial. Un hombre de gran inteligencia que prefirió no ser nada si no era ser libre. Ser algo suponía siempre ataduras y limitaciones.
“Su inteligencia es pronta y su memoria tan prodigiosa que, después de setenta años, recuerda las fisonomías, lo que ha oído y lo que ha leído. Todo eso le da el rango de casi un sabio, casi un filósofo y casi un caballero.
Sí, pero siempre hay un casi. Y eso es la marca distintiva y característica del talento de Casanova. [..] Como dilettante sabe de todo: sabe artes, sabe ciencias y sabe mucho, más de lo que pudiera creerse; pero siempre le falta un poquitín para ser algo completo, y es que carece de voluntad, de decisión, de paciencia. […] Nunca quiere hacer nada básico. Su naturaleza –naturaleza de actor, de comediante y de jugador- repele todo lo que sea algo serio, y su embriaguez de vida desprecia todo lo que pueda ser útil u honrado. Casanova no quiere ser nada, pues le basta con parecerlo.”
Stefan Sweig nos descubre un maestro en el arte de vivir y en el arte de amar:
“Un ser como él no necesita simular nada, no necesita adornarse ni meditar astucias en el arte de seducir: Casanova no necesita más que dejarse llevar por su deseo, por su pasión y ésta lo hace todo por él. Por eso sería inútil que los jóvenes quisieran aprender de este maestro el secreto de sus éxitos, en vano hojearían el maravilloso ars amandi que son sus Memorias: el arte de seducir no se aprende en los libros, como de nada sirve para convertirse en poeta el leer los mejores poemas. No es dado aprender nada de este maestro, pues no existe ninguna táctica, ningún truco especial de Casanova. Todo su secreto reside en la sinceridad de su deseo y en el modo de reaccionar su naturaleza pasional.”
Ser un Casanova, como ser un don Juan, es sinónimo de ser un seductor, aunque con notables diferencias. Lo que en Casanova es gusto por la mujer, por lo femenino, por el placer, en don Juan es desconfianza y afán por rebajar y destruir a las mujeres.
“Las mujeres que se entregan a Casanova, por el contrario, le recuerdan como a un dios y rememoran con placer su aventura, porque no solamente no han sido destrozados sus sentimientos, no solamente no las ha dañado en su feminidad, sino que ha hecho que se encontraran más a sí mismas. Don Juan enseña a las mujeres a odiar la unión carnal como humillación, envilecimiento, como momento infernal, como caída en el pecado; pero Casanova, como buen magister articum eroticarum, les hace reconocer en el goce sexual el verdadero sentido, el delicioso deber primordial de su naturaleza femenina.”
Casanova es el hombre que vive el presente, que lleva a la práctica absolutamente el carpe diem, pues su esplendor como seductor y aventurero declina con la edad. Para las conquistas amorosas, para la aventura y los viajes se necesita tener salud y fuerza física.  Más allá de los cuarenta años es ya todo decadencia, las mujeres le van abandonando, su presencia en los salones ya no es bien acogida. En su vejez, enfermo, triste y amargado, amparado bajo el cargo de bibliotecario del conde de Waldstein, su protector, sólo revive poniendo por escrito su vida y sus recuerdos.
En esta obrita que a mí me ha parecido amenísima e interesante, Stefan Sweig nos expone con su habitual viveza de estilo, con gran riqueza de apreciaciones y matices el desarrollo, el esplendor y la decadencia de un extraordinario personaje, de un hombre cuya figura no ha hecho sino crecer con el paso del tiempo. Al acabar la lectura comprendemos la razón de tanta fama: era un hombre excepcional y como tal vivió una vida también excepcional. Sus memorias, a juicio de Stefan Sweig,  constituyen una panorámica completísima de la vida en el siglo XVIII. Como biografía,  contienen inexactitudes en  beneficio del autor o de la anécdota, pero como texto literario alcanzan una altura inusual por el valor del texto narrativo y porque Casanova se revela como un escritor auténtico, que se expresa sin tapujos y sin concesiones a la moral.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Stefan Sweig (Recordando a don Juan Hernández Mora)

Llevo leyendo a Stefan Sweig desde que tenía 16 años. Don Juan Hernández Mora, mi profesor de Literatura durante mis estudios de Bachillerato, nos animaba a leer de todo, de todo lo bueno, se entiende, mediante una especie de subasta de libros en la clase. Una subasta muy sui generis, en la que nada se compraba y nada se apuntaba, sino que él, desde la tarima, agitaba un libro, que tanto podía ser de Ortega y Gasset, como de Unamuno o de algún importante autor extranjero y decía en voz alta:
-          ¡La tía Tula, de Unamuno!
Cuatro o cinco alumnas saltaban de sus pupitres y corrían hacia don Juan gritando:
-          ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo!
Entonces don Juan daba precipitadamente el libro a la primera mano que llegaba hasta él. La alumna se lo llevaba, tan feliz, dispuesta a leerlo y a extraer de él frases con las que elaboraba fichas de conceptos, que a final de curso entregaba a don Juan en una hermosa caja de zapatos llena hasta los topes de cartulinas con las ideas más geniales o peregrinas que podían hallarse en aquellos libros de la biblioteca del instituto. Una peculiar metodología, si la juzgamos según criterios pedagógicos actuales.
No obstante, yo le debo a don Juan Hernández Mora el haber conocido desde mi adolescencia a una serie de autores, entre ellos Stefan Sweig, que además de enseñarme muchas cosas, me hicieron disfrutar de la lectura de una forma apasionada, deseando siempre más. Recuerdo las biografías de María Antonieta y de Fouché, leídas a todas horas como se devora una novela de suspense. A lo largo de los años he ido leyendo diversos libros de Stefan Sweig. He hallado en ellos sin excepción aquella fuerza narrativa, aquella misma capacidad de hacer vivir personajes históricos o ficticios y de atraparme desde las primeras líneas. Cada vez que cae en mis manos una obra de Stefan Sweig acude a mi mente el recuerdo de don Juan y pienso en la suerte que tuve de poder leer y disfrutar con aquellos libros tan apasionantes.