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miércoles, 23 de noviembre de 2011

La belleza de la humilde cebolla: entre Renoir y Neruda

Las odas de Pablo Neruda expresan la belleza de las cosas humildes, de los seres corrientes, de los objetos gastados por el uso, algunos tan amados. La humilde cebolla, ese manjar, que junto con el pan es el futuro alimento de jóvenes amantes que no tienen otra cosa que su amor, esa delicia de la cocina popular o de la más sofisticada, es cantada por Neruda en su "Oda a la cebolla". Cuando el año pasado fui al Museo del Prado a ver la exposición dedicada a Renoir, me encantaron los bodegones, pero muy especialmente "Cebollas".


Tanto el poema como el cuadro me enseñaron a ver las cebollas con otros ojos. Antes eran simplemente ingredientes de una ensalada o de la preparación de cualquier plato. No tenían para mí otra entidad. Desde que contemplé la pintura de Renoir en vivo y en directo, aprecio y valoro las cebollas por su belleza: su delicado color, la crujiente ligereza de sus capas, su suave brillo... La oda de Neruda, por su parte, es una auténtica explosión de bellas metáforas en torno a la cebolla:
Cebolla
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.

Bajo la tierra
fue el milagro
y cuando apareció
tu torpe tallo verde,
y nacieron
tus hojas como espadas en el huerto,
la tierra acumuló su poderío
mostrando tu desnuda transparencia,
y como en Afrodita el mar remoto
duplicó la magnolia
levantando sus senos,
la tierra
así te hizo,
cebolla,
clara como un planeta,
y destinada
a relucir,
constelación constante,
redonda rosa de agua,
sobre
la mesa
de las pobres gentes.

Generosa
deshaces
tu globo de frescura
en la consumación
ferviente de la olla,
y el jirón de cristal
al calor encendido del aceite
se transforma en rizada pluma de oro.

También recordaré cómo fecunda
tu influencia el amor de la ensalada
y parece que el cielo contribuye
dándote fina forma de granizo
a celebrar tu claridad picada
sobre los hemisferios de un tomate.

Pero al alcance
de las manos del pueblo,
regada con aceite,
espolvoreada
con un poco de sal,
matas el hambre
del jornalero en el duro camino.
Estrella de los pobres,
hada madrina
envuelta en delicado
papel, sales del suelo,
eterna, intacta, pura
como semilla de astro,
y al cortarte
el cuchillo en la cocina
sube la única lágrima
sin pena.
Nos hiciste llorar sin afligirnos.

Yo cuanto existe celebré, cebolla,
pero para mí eres
más hermosa que un ave
de plumas cegadoras,
eres para mis ojos
globo celeste, copa de platino,
baile inmóvil
de anémona nevada
y vive la fragancia de la tierra
en tu naturaleza cristalina.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Rupa Bajwa: El vendedor de saris

No conozco para nada la literatura india. Este libro es el primero que he leído, por tanto no tengo referencias de ningún tipo, no puedo comparar. Desconozco tendencias, temas, estilos, épocas: no sé nada. Mi hija y mi amiga Juana leyeron la novela antes que yo y ya me dijeron que les había gustado, pero que la encontraban triste. Y esta ha sido también mi impresión. Una novela interesante, de fácil y agradable lectura, bien construida, pero muy triste.
 Ramchand es un joven de veintiséis años que trabaja de dependiente en una tienda de saris en la localidad de Amritsar. Su vida es mísera, rutinaria y monótona. Es como si estuviera  aplastado y alienado por la rutina. Lleva años haciendo lo mismo. Vive solo en un cuartucho alquilado, sus padres murieron cuando era niño y quedó al cuidado de sus parientes, que se quedaron con las pertenencias de sus padres que le habrían correspondido a él. Sus relaciones sociales se limitan a los compañeros de trabajo, a su jefe y a las clientas de la tienda. Ramchand pasa por la vida como un espectador, pues todo cuanto vamos descubriendo acerca de la vida y de la sociedad de la India moderna es a través de sus ojos y de sus percepciones.
Para Ramchand cualquier novedad supone un transtorno, una alteración de su estado de ánimo temeroso, tímido y apocado. Los acontecimientos importantes de su vida se concentran en visitar a algunas clientas ricas que tienen bodas en perspectiva para mostrarles los saris y facilitarles las compras. Fuera de la tienda, se siente fascinado por la mujer de su casero, a la que observa desde su casa, maravillado por las actividades domésticas que la joven realiza durante el día. El casero y su familia tienen lo que en el fondo de su corazón Ramchand  ansía: vida y afecto.
Un día su jefe le envía a casa de Chander, otro dependiente que no ha acudido al trabajo. Al llegar a casa de su compañero se encuentra con un panorama desolador: su amigo está muy alterado y en un rincón ve a su mujer tirada, con señales de haber sido golpeada. Esta escena le produce una viva impresión. A partir de este momento aumenta la tensión narrativa. Kamla, la esposa de Chander, pasa a ocupar un lugar destacado como personaje de gran carga dramática hasta el final de la novela.
El vendedor de saris es un relato sorprendente. La autora adopta el punto de vista de su personaje. El estilo narrativo es simple, de tono aparentemente inocente. De buenas a primeras tiene un cierto de aire de novela de tesis. Todo está contado de una forma muy sencilla, con bastantes simplificaciones, de modo que mientras leía me preguntaba en qué pararía todo, tanta sencillez resultaba sospechosa. Ramchand no se cuestiona nada, no se rebela contra nada ni contra nadie, es un chico bastante timorato. Pero  tampoco lo hacen otros personajes de su mismo nivel social.
A lo largo de la novela la autora contrasta continuamente ricos y poderosos con pobres y  miserables, lujo y pobreza. Destacan las diferencias entre hombres y mujeres, y sobre todo, las diferencias entre las mujeres pobres y las ricas o acomodadas, aunque todas dependen de los maridos. La única mujer mayor independiente es la señora Sachsdeva, profesora de la universidad y la única joven independiente es Rina, hija de un hombre rico, que ha cursado estudios superiores y se ha casado por amor. Rupa Bajwa ofrece un panorama de la India moderna poco alentador. Es ciertamente una visión crítica en la que la simplicidad de los personajes resulta engañosa.
Algunos planteamientos de corte naturalista, como los orígenes de Ramchand  y los de Kamla, marcados por la muerte de los padres,  por el abandono y la falta de afecto, que anulan su capacidad de reacción constructiva y de salir de la triste situación en que se encuentran, van más allá de lo meramente argumental para apuntar un mensaje desesperanzador: en la India de hoy, todo progreso y toda riqueza son aparentes, pues los más desfavorecidos son los más castigados, incluso por los de su propia clase social, paralizada por cientos de años de arcaica tradición que no ha hecho otra cosa que perpetuar las desigualdades, la negación de derechos y la crueldad.
Al acabar la lectura me invadieron el desaliento y la tristeza, pero me pareció una novela buena, bien pensada, coherente, con un enfoque basado en poner de relieve todo tipo de contrastes. La inocencia de Ramchand no le salva de la cobardía y de la bajeza, de la connivencia acomodaticia con quienes se portan cruelmente. No se entrevé la esperanza del cambio hacia una sociedad más igualitaria y más justa, porque estos valores no han arraigado en el corazón de las personas a la vez que las modas occidentales.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Literatura comparada: una carta de Pedro Salinas

La idealización de la realidad -tema que Pedro Salinas analiza a fondo en su estudio sobre la poesía de Garcilaso de la Vega, poeta con el que sentía una gran afinidad-, se  materializa de una forma deliciosamente divertida en la carta que escribió a Katherine Whitmore  desde Santander el 30 de enero de 1933. Evidentemente, se trata de la carta de un hombre  para quien literatura y vida no tienen fronteras, son una misma cosa. En ella, la expresión de su amor y admiración por la belleza de la mujer que ama queda envuelta en los ecos del amor idealizado que don Quijote sentía por Dulcinea, “la sin par Dulcinea”. Cuando leí esta carta me vino a la mente  el capítulo cuarto de la primera parte de Don Quijote de la Mancha, donde dice así don Quijote:
“- Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener sujeto y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha.”
Momentos después se enfrenta con unos mercaderes exigiéndoles el reconocimiento de la belleza de su dama:
“- Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso.”
Lo más de lo más. Lo que Katherine Whitmore fue también para el poeta. En su carta le comenta la sensación que le producen algunas de sus obligaciones profesionales, cuya importancia e interés quedan relegados a un segundo plano, porque para él lo más valioso y esencial es ella. Es en la expresión de esa esencialidad donde podemos reconocer esos ecos cervantinos, en los títulos que medio en broma y medio en serio otorga a su dama. Así como Dulcinea es Emperatriz de la Mancha, lugar real para don Quijote, Salinas concede a Katherine Whitmore títulos de importancia parecida, que aluden a lugares significativos en su biografía amorosa.
“[…] Estaré todo el día entre ese elemento odioso llamado las autoridades y que denota lo fácil que es gobernar un país cuando se deja regir por semejantes idiotas. De lejos le parece a uno, al cándido vulgo, que su gobernador, su alcalde, son seres infinitamente sabios y capaces, alumbrados de todas las virtudes. De cerca se ve que son pobres gentes mediocres abrumadas por un nombre. No es mi género. Prefiero cien veces la gente del pueblo, no adulterara, ignorante, espontánea, si tiene finura natural, a estos pseudo-todo: pseudo intelectuales, pseudo educados, pseudo gobernantes. Nunca escogeré mis amigos ni mis compañías por el lugar social ni por el renombre. No colecciono tipos del Who’s Who. Yo tengo el mío. Mi almanaque Gotha. Y en la primera página está el retrato de Her Mayesty Katherine Reding, con una larga serie de títulos [con] que yo la he discernido: Emperatriz del Atlántico, Presidenta de la República de Northampton, Gran Duquesa de Kansas, Princesa de Monte Esquinza, fundadora de Toledo, de Alicante, de Tarragona y Barcelona, restauradora de Madrid, Papisa, in partis infidelibus, de Santander, Sirena Mayor del Mediterráneo, descubridora del Peñón, monarca de las Amazonas mecánicas (vulgo automovilista), benefactora de Smith College y otras instituciones de enseñanza que ha honrado con su presencia, estrella fugaz del curso de Madrid, representante auténtica de la Mitología y la Fábula en el mundo de hoy, marquesa de Bremen, condesa de Majestic, baronesa de Aquitania, poseedora en exclusiva a perpetuidad con patente para América y España de los ojos más bonitos, de la boca más bonita, del cuerpo más bonito, del alma más bonita, y del hombre más tonto (que suscribe y se honra con este título) del mundo. ¿Qué te parece la primera página de mi Who’s Who? Aún queda más. Y luego, dejo cien páginas en blanco para guardar la debida distancia entre tú, los demás, y aislar a tan gran dama de toda proximidad o cercanía con lo humano lateral. ¡Pero qué de bobadas te estoy diciendo, darling mía! Qué modo de empezar un día oficial. ¡Si lo supieran todos estos tipos que se creen importantes y que me tendrán por un señor formal! No saben que tengo mi alegría nueva, mi gozo oculto, mi vacación interior, mi juego, mi divino juego, el más serio de todos y el más jubiloso de todos, mi amor a ti, todo, tu 
                                                                                                                                                                  Pedro"
[Pedro Salinas, Cartas a Katherine Whitmore. Tusquets. Barcelona, 2002. Edición y prólogo de Enric Bou.]

sábado, 5 de noviembre de 2011

Poema del mes: Antonio Colinas

Este lluvioso sábado de otoño, con sus nubes grises blanquecinas u oscuras, con el aire quieto y húmedo sin llegar a ser frío, conecta bien con este poema de Antonio Colinas (1946), "Noviembre en Inglaterra", perteneciente al libro Sepulcro en Tarquinia (1976). Texto evocador, apunta directamente a estos sueños y deseos de otras tierras y otros paisajes que a veces nos invaden. Más que un paisaje en sí, se busca lo que este evoca en el fondo de cada uno.
"Noviembre en Inglaterra" invita a la relectura. El poema tiene su propio ritmo y el lector interesado debe hallarlo sin el apoyo de una puntuación convencional. El sentido y el ritmo de las frases se crean mutuamente.
NOVIEMBRE EN INGLATERRA 
                               Happy is England
                                         Yet do I sometimes feel a languishment
                                         For skies Italian.
                                                                                 JOHN KEATS

yo sé que ahora es noviembre allá en Inglaterra
son azules las noches y copiosas en astros,
cosa extraña pues ya la nieve va cayendo
en los montes de Escocia, voraz consume el fuego
las ramas del espino, cuelan desnudas ramas
el sol que filtran tristes las cortinas y deja
su oro viejo en los libros de vuestras bibliotecas,
aún se puede apreciar, en el fondo de prado
con escarcha, las luces de los invernaderos,
es ésta la estación más pura, ni la música,
ni el arte, ni los besos, la corrompen, sólo hay
como una expectativa inmensa sin los pájaros,
un silencio de lunas y de soles muy fríos
que sin embargo dicen al corazón que sueña
otras tierras: escúchate, aquí termina el mundo,
sublime apoteosis del respeto y las rosas,
no bajes hacia el mar que, tenebroso y húmedo,
alberga toda muerte.

domingo, 23 de octubre de 2011

Remei Margarit y Marcel Villier: poesía, arquitectura y paisaje

Revolviendo en el BookCrossing de la escuela tuve la gran suerte de encontrarme con Castells a la sorra dels dies, un librito que despertó mi curiosidad al ver el nombre de la autora y del ilustrador: Remei Margarit y Marcel Villier, respectivamente. Nada más abrirlo los poemas me cautivaron y corrí a sentarme para leer. Uno tras otro, como pequeñas estampas intimistas, me entregaron el sabor de momentos junto al mar, de la paz de algunas tardes o de rincones del hogar propicios al recuerdo o a la meditación y la nostalgia.¡Qué hermosos me parecieron!

Remei Margarit (Sitges, 1935) es licenciada en Psicología por la Universidad de Barcelona y colaboradora del periódico La Vanguardia. En su faceta literaria, es autora de tres novelas, un libro de relatos y del libro de poesía De la soledat i el desig (1988). Castells a la sorra dels dies es de 2009.


"La calma" es uno de los poemas que más me gustan:

El temps és la galerna
que s'emporta el somni.
Aquests moments sense tu
són el llarg viatge que mena
d'un bes a l'altre,
com aquest mar sense ones,
sols un batec de vida que reposa.
La insistent calma
n'ha fet un mirall
de l'aigua.
Les veles a l'horitzó
esperen també
l'abraçada del vent.

Otro es "Aquell somriure"

Aquell somriure és l'esperança.
Per la finestra entra l'alba
quan la nit em deixa.
El cel translúcid
encara no gosa
vestir-se de blau
i no ho sé si a llevant
hi ha tempesta.
A ponent, la lluna s'amaga
i la roba estesa
guarda el fred de la nit.
El sol venç cada dia
la subtil història
que el somni ha teixit.

El libro está ilustrado con algunas obras de Marcel Villier. Es una verdadera lástima que la calidad de las reproducciones no sea buena y el lector no pueda hacerse una idea cabal del nivel de este artista. Por ello, para situarle en el lugar que sin duda merece, incluyo junto al libro de poemas de Remei Margarit el de Marcel Villier Ribas Arquitectura i paisatge de Menorca, que recoge 76 de sus obras, básicamente acuarelas y algunos grabados. ¡Me encanta este libro!

Al dominio del dibujo y de la técnica de la acuarela se impone el  artista. La Menorca de Marcel Villier es una Menorca que se lleva en el alma. Paisajes serenos, casas de campo, interiores, rincones de patios y jardines, paisajes desde una ventana... todo ello impregnado de ternura, de gracia, de encanto inigualable con un sello personal que le hace inconfundible.
Remei Margarit es la autora de uno de los diversos prólogos que encabezan la muestra de la obra gráfica de Marcel Villier. No me sorprende, pues existe una clara afinidad entre el tono de los poemas y la atmósfera contenida en las acuarelas. "A la seva pintura, la qualitat que més hi destaca ése una gran sensibilitat en el tracte de les formes. Hi ha també una lleugeresa efímera, gairebé immaterial, que fa sentir la fragilitat humana com una parte essencial de l'existència. Els dibuixos i pintures d'en Marcel fan companyia per això mateix, perquè són essencial. Potser és això el que l'Art ens aporta: aquells moments de vida captats en un gest, en una forma, en un color."

Ambas obras son una invitación irresistible al disfrute de un bello momento de paz entre la poesía y el arte.


viernes, 21 de octubre de 2011

Sándor Márai: La gaviota

Novela publicada en 1943. Hungría. Segunda Guerra Mundial. Un alto funcionario de la administración recibe la visita de una joven extranjera que le impresiona y le perturba, pues se parece muchísimo a su amante muerta años atrás. Es como si otro ser hubiera adoptado el cuerpo de la mujer muerta y regresara de la tumba. Se trata de una joven maestra finlandesa que busca un empleo y necesita una recomendación.
Atrapado por la sorpresa y el misterio de tanto parecido, invita a al a ópera aquella misma noche a la joven Aino Laine, de poético nombre, pues significa Única Ola. La belleza de la joven, su elegancia, su inteligencia, su dominio de varios idiomas le subyugan. De camino, se asoman a un puente sobre el Danubio y contemplan las gaviotas durante unos momentos. Al salir de la ópera, él la invita a su casa y allí prosiguen el diálogo que han iniciado nada más romper el hielo en el encuentro de la mañana.
Al leer a Sándor Márai se toma conciencia de estar ante ante la Literatura y no ante la vida, ante un objeto de arte cuyo fin es la belleza y  la creación de significado. Digamos que el arte ayuda a entender la vida. En este caso, la prosa magistral de Márai, densa, modulada, rica, proyecta su luz sobre aspectos de las almas de los personajes. Conduce nuestra mirada hacia percepciones o hacia temas que quizá estaban latentes en nuestra conciencia esperando un resquicio para revelarse: el amor como destino; los hechos de la vida de cada persona como algo que es parte de un plan que alguien ha trazado en algún lugar; las semejanzas físicas entre seres humanos, algo así como el “doble”… Multitud de temas discurren al hilo de los diálogos entre los dos personajes  y de las reflexiones del funcionario húngaro. Estas digresiones vienen a ser como breves fragmentos de ensayos entretejidos en la acción y en el diálogo. En ellos se sumerge el lector sin darse cuenta, pues todo es parte del punto de vista del personaje. En un largo parlamento, hacia el final de la novela, el funcionario le dice a la joven:
“Yo amé a una persona, lo cual también constituye un hecho. Y ahora de repente comprendo que más allá de las citas neuróticas que los creadores de noticias, películas y novelas definen como amor, entre el hombre y la mujer existe realmente algo fatal, irrepetible e inevitable, algo personal, algo que queda por encima de este mundo y de la tumba. Por ejemplo, si esta noche bebiera cianuro (una idea descabellada, lo sé) no cambiaría las leyes ni solucionaría nada. Algo me obligaría a salir de la tumba para amarte, mejor dicho, para amar a la persona que tú eres ahora, más allá de la vida terrenal y la tumba. ¿Estás de acuerdo? Me alegra que me escuches con calma y que no protestes cuando trato de comprender (con al experiencia de mi trabajo a mis espaldas) las consecuencias de los hechos. Los astrólogos, que hoy en día no llevan un capirote en la cabeza y en su mayoría no son más que diligentes matemáticos, afirman que hay tres hechos que el libre albedrío del hombre no puede cambiar: el nacimiento, la muerte y el amor… Estos tres hechos son más poderosos que cualquier fuerza y voluntad humanas. Porque hay parejas, Aino Laine, dos personas arrastradas en el espacio una hacia la otra por una única ola, que no pueden evitar encontrarse, no son capaces de escapar la una de la otra ,ni yendo al norte o al oeste, y tampoco a la India o a la tumba… Deben regresar en el espacio y el tiempo para reunirse.”
Las meditaciones a las que se entrega el hombre, motivadas por la impresión que le ha producido el encuentro con Aino Laine, le llevan a evocar a su amante muerta, la relación de amor que mantuvo con ella  y  las circunstancias de su suicidio. Del  contraste constante de las dos mujeres surge una semejanza tras otra, a pesar de que la joven finlandesa aparece siempre envuelta en el misterio. Ambigua y un tanto misteriosa es también la figura del narrador protagonista, pues el lector nunca llega a saber muy bien en qué consiste exactamente la importante orden que acaba de cursar nada más empezar la historia.

 El hombre se siente temeroso, desconfiado e intrigado por este inesperado encuentro. La trama circula por dos vías, la del pasado en relación con la mujer muerta y la del presente del encuentro con Aino Laine, hasta confluir en un punto en que después de una larga serie de digresiones en las que se entrelazan diversos temas, todos ellos relativos en el fondo al misterio y al sentido de la existencia humana y sus circunstancias, la acción se resuelve sobre el terreno del misterio y la ambigüedad, como misterioso, ambiguo y subjetivo es el tema del destino.
La historia del funcionario y de la joven  Aino Laine tiene como trasfondo la Segunda Guerra Mundial. Ambos personajes se ven afectados por ella en mayor o menor medida. Es algo que no pueden obviar porque su situación es también fruto de esta guerra. Hallamos en la novela retazos de la imagen de un mundo que se quebró y desapareció para siempre. Sin duda Sándor Márai debió de vivir con ansiedad y angustia esta etapa turbulenta de la historia de Europa. Me impresionó la forma en que Aino Laine describe el derrumbe a causa de las bombas de la casa donde vivía con su familia:
La única casa del mundo donde sabía lo que había en cada cajón; en el salón, junto a la chimenea, estaba el sillón en que murió mi abuela, el mismo en que solía sentarse mi padre a leer por las noches, cuando volvía de trabajar. Había muchas cosas en aquella casa. Por ejemplo, un cuarto desde donde se veía el mar, los veleros: era mi habitación. Y todo lo que hay en una casa donde han vivido abuelos, padres e hijos. Allí nací y allí por poco muero, pues nos quedamos atrapados en el sótano y el humo nos asfixiaba. Aquello era la realidad. Y el que no lo haya vivido, el que no haya experimentado lo que se siente en un sótano, cuando a uno se le viene la casa encima y todo lo que ha formado parte de la vida familiar, todo lo que significa la niñez, queda reducido a cenizas, tal vez no sepa del todo lo que es esta guerra.”
A medida que se avanza en la lectura y se acerca el final, todo confluye, nada es dejado al azar, todo encaja, igual que encajan todos los hechos que se producen para que se cumpla un destino. Reaparece el símbolo de la gaviota,  ave que representa tanto la libertad como la fuerza de la vida que late bajo las apariencias.
Sin embargo, el final de la novela no es explícito, el narrador nos obliga a leer entre líneas, a deducir, a suponer e imaginar. Nada se dice claramente. En mi opinión se trata de una novela poética y a la vez de reflexión, como otras de Sándor Márai, quien gusta de entrelazar acción, introspección psicológica de los personajes y reflexiones existenciales. Ello no le resta tensión narrativa. A mí me absorbió desde las primeras páginas. Me ha gustado ese juego con la insinuación y el misterio.

domingo, 16 de octubre de 2011

Irène Némirovsky: Nieve en otoño

Tenía pendiente el comentario de esta novela, pues entre una cosa y otra me estoy dedicando ahora a varios libros a la vez y no acababa de encontrar el momento. Leí Nieve en otoño en una tarde, prácticamente. Novela corta, pero densa de contenido. Con un estilo literario conciso, ajustado, en el que se percibe la influencia de su admirado Chéjov, Irène Némirovsky nos transporta a la Rusia revolucionaria, de donde muchas familias acomodadas tuvieron que exiliarse.
La nieve de otoño es el elemento evocador de lo perdido para Tatiana Ivanovna, la anciana sirvienta de la familia Karin, el cordón umbilical que la vincula con Rusia, su mundo, desde su exilio en París.   Tatiana Ivanovna, que ha criado varias generaciones de los Karin, permanece en la casa durante una temporada después de que en enero de 1918 los señores se marchen.  La familia lo ha perdido todo: propiedades, posición social, organización familiar, costumbres… Incluso la propia familia no se halla al completo, pues Kiril y Yuri marcharon  al combate a luchar contra los revolucionarios.
Un día Tatiana Ivanovna decide seguir el camino de sus señores y, con las joyas de la señora cosidas en el dobladillo de su falda, emprende viaje a  Odesa, donde la familia malvive:
“Los Karin jamás olvidarían el instante en que abrieron la puerta y la vieron, apurada pero serena, con el hatillo al hombro y los diamantes golpeándole las cansadas piernas; tampoco olvidarían su pálido rostro, que parecía haberse quedado exangüe, ni su voz al anunciarles la muerte de Yuri.
Vivían en el barrio del puerto, en una habitación oscura, con sacos de patatas colgados de las ventanas para amortiguar el impacto de las balas. Yelena Vasílievna estaba acostada en un jergón extendido en el suelo y Lulú y Andréi jugaban a las cartas a la luz del infiernillo, donde se consumían tres trozos de carbón. Había empezado el frío, y el viento penetraba por los cristales rotos.”
Después de Odesa, en 1920, los Karin logran llegar a Constantinopla y desde allí a Marsella. Sin apenas nada, con los recursos ya agotándose, paran en un hotel, haciendo un alto en el camino e intentando con todas sus fuerzas respirar el aire de la libertad. A comienzos del verano llegan a París y alquilan un pequeño piso, pobre y oscuro, donde la vida es miserable y llena de estrecheces. Viven al revés, enclaustrados de día en la casa cerrada para evitar olores y ruidos intolerables. No obstante, París brinda a los Karin la posibilidad de mantener un cierto contacto con la vida, de realizar actividades y salidas algo gratificantes y satisfactorias. Digamos que para ellos la vida sigue, aunque no sea de lo mejor.
La vida en París es para Tatiana Ivanovna el verdadero envejecimiento, un proceso de consunción lejos de Rusia, de la tierra y el clima que ella en verdad ama y añora desesperadamente, pero sobre todo lejos de su sistema de vida y de sus creencias personales y sociales. En Rusia era querida y respetada, tenía una posición en la familia de sus señores. Ahora se ha convertido en una mujer vieja que ni es comprendida ni comprende a los jóvenes, que se aferran a los breves placeres que pueden arañar de vez en cuando, que les hacen sentirse vivos. La joven Lulú le reprocha su actitud vigilante y moralista:
"- ¿Puede saberse qué te pasa? Todas las noches la misma cantinela –dijo al fin con la voz enronquecida por el vino y el tabaco, pero tranquila-. ¿Y en Odesa, Dios mío? ¿Y en el barco? ¿No te diste cuenta de nada?
-  Qué vergüenza… -murmuró la anciana entre asqueada y dolida-. ¡Qué vergüenza! Tus padres, que duermen ahí al lado...
- ¿Y qué? ¿Acaso te has vuelto loca? No hacemos daño a nadie. Bebemos un poco y nos besamos, ¿qué tiene de malo? ¿Crees que mis padres no hacían lo mismo cuando eran jóvenes?
- No, hija.
- ¿Ah, eso piensas?”
Llega el otoño. Tatiana va encerrándose cada vez más en sí misma, aislada del entorno y de todos. Se pasa las horas muertas viendo caer la lluvia tras los cristales sin comprender nada de la forma de vida de los parisienses:
“¿Cómo podían vivir encerrados en aquellas casas oscuras? ¿Cuándo llegaría la nieve?”
La nieve que no llega y su añoranza y su soledad crecen día a día. La desesperanza se apodera de Tatiana Ivanovna.
“Aquellos techos bajos la asfixiaban. Karinovka… La gran mansión, con sus enormes ventanales, por los que el aire y la luz penetraban a raudales, sus terrazas, sus salones, sus galerías, donde las noches de fiesta se acomodaban holgadamente cincuenta músicos… Recordó la Nochebuena en que Kiril y Yuri se habían ido. Aún creía estar oyendo el vals que habían tocado esa velada. Habían pasado cuatro años. Le parecía estar viendo las columnas, relucientes de hielo bajo la luna. “Si no fuera tan vieja –pensó-, me pondría en caminode buena gana. Pero no sería lo mismo…”
-  No, no sería lo mismo –murmuró. La nieve… Cuando viera nevar, todo habría acabado. Se olvidaría de todo. Se tumbaría y cerraría los ojos para siempre-. ¿Viviré hasta entonces? –musitó.”
Nieve en otoño es algo más que una novela centrada en el desarraigo y la inadaptación. A pesar de su brevedad, con pocas pinceladas entretejidas en los diálogos entre los personajes, asistimos a la destrucción de un sistema de vida, el de los terratenientes rusos, familias ricas, con servidumbre que hasta entonces no se había rebelado contra esta situación, que la aceptaba de buen grado porque sentía que tenía un lugar en estas familias. Como contrapunto, el trasfondo de la revolución, la quema de casas, las gentes con el odio y el deseo de venganza a flor de piel. La historia de los Karin, con la figura de Tatiana Ivanovna en primer plano, puede ser representativa de una época, pero son la fuerza y la pureza del estilo, la economía de medios con que opera la autora los elementos que, en mi opinión, convierten este breve relato en una obra emotiva e inolvidable, impregnada de humanidad, intemporal en la medida en que son intemporales las grandes obras de la Literatura.